Mujeres
30 de octubre del 2018

¡Siempre dividiendo la luz! Cuánto se esfuerzan por dividir algo que, pese a todo, siempre permanecerá único y entero.

Goethe

Desde niña quería escaparme. Me sentía encarcelada, encerrada. Me encantaba ver las estrellas, salir de día de campo, caminar en el bosque de pinos donde nuestros padres nos llevaban los fines de semana, nadar en el mar en las vacaciones y soñar que volaba. De joven me sumergía en la lectura de aventuras. Si eran en el espacio mejor. Por ejemplo, las Crónicas marcianas y aventuras espaciales de Ray Bradbury. Me gustaban Julio Verne, Joseph Conrad, Mark Twain, Herman Melville y Lobsang Rampa. Pero lo que más me impactó fueron las historias de los mártires cristianos. ¿Cómo alguien podía enfrentarse a las fieras salvajes para ser devorado y cantar al mismo tiempo? ¿No le temían a la muerte ni al sufrimiento?

La fotografía de un bonzo (monje budista) prendiéndose fuego para protestar contra la persecución religiosa durante la Guerra de Vietnam, sentado en posición de meditación sin mover ni un solo músculo, sin expresiones de dolor, acabó por arrojarme de bruces a buscar respuestas. ¿Qué hay más allá del mundo que percibimos con nuestros sentidos? ¿Existe un conocimiento oculto de fuerzas que mueven todo? ¿Podemos controlar nuestro cuerpo con nuestra mente? ¿Dónde está ese conocimiento? ¿Existe realmente la muerte total o hay vida después de que nuestro cuerpo material deja de existir?

Tenía que salir a encontrar respuestas y a los diecinueve años dejé la Ciudad de México. Me fui a San Miguel de Allende a estudiar Bellas Artes. Pero no tenía a quién expresarle mis dudas más profundas, mi fascinación por la luz. Siempre anhelé tener un compañero con quien compartir la vida. Pero lo que veía a mi alrededor me hablaba de deslealtades, de que nada era para siempre, que era muy difícil poder trabajar en equipo con un compañero que no te traicionara, que era un mundo patriarcal, hecho para que los hombres tuvieran toda la libertad y las mujeres se subordinaran. Mi madre siempre me repetía: “no hay que entregarse a nada ni a nadie completamente”. Yo no estaba de acuerdo. ¿Si no hacías tu mejor esfuerzo, si no te entregabas con todo a realizar tus sueños, para qué valía la vida? De todos modos vamos a morir, mejor que sea por un proyecto valioso.

Los pintores siempre han estado buscando la luz: Cartas a Theo de Vincent van Gogh, Escritos de un salvaje de Paul Gauguin, Kandinsky, Paul Klee, Robert Delaunay. Cuando llegó a mis manos un libro que cambió mi manera de ver el mundo, Las enseñanzas de don Juan de Castañeda, casi al mismo tiempo conozco a Leonardo da Jandra. Y allí empieza en verdad mi aventura y mi encuentro con la luz.

¿Quién no ha soñado alguna vez con abandonar el mundo “civilizado” e irse a vivir a una playa solitaria? Y nos fuimos a cumplir ese sueño. La vida salvaje que vivimos en Cacaluta (Huatulco, Oaxaca) durante casi tres décadas en medio de una naturaleza sin domar —el mar lleno de vida, las estrellas en todo su esplendor— hizo que desarrollara mis sentidos al máximo. Esa luz, esa luz tropical fue la que me hizo pintora. Hasta Vasconcelos afirmó: “¿Cómo se atreve a hablar de belleza quien no ha contemplado los paisajes del trópico?”.

Había que empezar un nuevo ciclo, sin lastres de nuestras vidas pasadas. Así que un brujo de nombre Esteban nos ayudó para que nos liberáramos. Su técnica era la de echar granos de maíz en un recipiente de agua y con cánticos y sahumerios borró nuestro pasado.

En época de lluvias nos preparábamos: no comíamos carne, nos absteníamos sexualmente y hacíamos ejercicios físicos y de respiración para comulgar con el honguito sagrado: el teonanácatl. Era una peregrinación de varios días a la montaña, a la Nopalera, un lugar mágico en la Chinantla. Ahí crece este hongo sagrado. Y ahí fue donde vi, sentí y viví la diferencia entre las dos clases de luz: la interna y la externa. La luz interna de todo lo vivo, todo lo que nos rodea; el mundo interno y externo se funden en un solo mundo lleno de energía; microcosmos y macrocosmos unidos; halos de energía de colores que se desprenden de todo; las líneas del universo. Pasado y presente se funden. Somos seres de luz y poseemos todos los colores. Y fue ahí donde Leonardo se recompuso, pues había quedado dañado por un fuerte proceso de locura que aún lo desestabilizaba. Los chuparrosita, pequeños honguitos que crecen bajo los cafetales, lo rehicieron. Percibí cómo estos pequeños seres en forma de enanitos iban rearmando pieza a pieza a Leonardo, como un rompecabezas. Y al mismo tiempo me decían que en el camino hacia la luz había que enfrentar enfermedad, locura y muerte.

Leíamos con avidez libros y más libros. Entre ellos, los doce volúmenes de La doctrina secreta e Isis sin velo de Madame Blavatsky, pero el lenguaje era muy oscuro. Decía que aún no era tiempo de desvelar todos los misterios y las enseñanzas de la sabiduría secreta que subyace en la esencia esotérica de las religiones del mundo. ¿Existía la Hermandad Blanca?

Vivíamos en Cacaluta, pero íbamos dos o tres veces al año a la Ciudad de México, a Guadalajara, a Canadá y a Estados Unidos. En esos viajes íbamos a varias ferias del libro a presentar los nuevos libros de Leonardo y yo a hacer murales y exposiciones de mi pintura. También hicimos viajes a España. Y fue antes de uno de esos viajes que tuve un sueño muy vívido con dos o tres mujeres vestidas de blanco que me decían si quería curar al niño que recién había nacido con un tumor en la cabeza, hijo de la hermana de la esposa del cuidador. Fue un sueño tan real que aún lo recuerdo perfectamente bien. Al decir que “sí” toman mi mano derecha y la ponen encima de la cabecita del niño y por arte de magia el tumor desaparece.

Al regresar del Viejo Mundo le pregunté a Alvina qué fue del niño y me habló de un templo donde lo curaron en Salina Cruz. Pues allá voy a investigar con Rocío, una buena amiga doctora, y nos encontramos con una mujer un poco ruda en su trato pero que se transformaba completamente al entrar en trance y canalizar a un hermanito, el doctor Mashua Marti. Éste nos dice que está esperando al hombre de letras, pero que es muy necio. Y para sorpresa nuestra dice que hay alguien que quiere hablar conmigo urgentemente: sale Mashua Marti y entra el gran Jefe Fuego Viento que habita en Cacaluta. Estaba furioso por lo que estaba pasando con su selva. FONATUR quería construir hoteles en la playa. Me grita que no nos va a dejar destruir su selva y que ve a un hombre: a Leonardo con una mochila a cuestas, tirado y ensangrentado en una vereda. Lo enfrento y le digo que somos sus aliados, que queremos que esa selva y ese mar se decreten reserva ecológica para protegerla, para que no la dañen, y que me ayude a cambiar esa escena que él está viendo. Al momento se calma y me dice que me va a ayudar, pero que hay que hacer mucho trabajo. Acepto y se va.

Después de unos meses se enferma Leonardo. No puede respirar bien y no soporta ningún tipo de alimento con grasa, solamente el caldo de pescado sin ningún condimento. Los amigos doctores no saben lo que tiene y dicen que hay que operarlo. Lo convenzo de ir al templo de Salina Cruz antes de cualquier cirugía. En ese templo es donde lo curan. Lo que tenía era ira contenida, enojo con todo lo que estaba pasando en el mundo y que no podía cambiar. Lo operan espiritualmente y le dan una oración hermosa para que el Dador de la Vida lo proteja e ilumine su camino. Y poco a poco se va llevando a cabo un cambio en su alma. Antes decía que venía de la nada e iba hacia la nada, pero ahora sabe que viene del todo y va hacia el todo.

Así fue como empezamos esta lucha; casi diez años tardamos en decretar el Parque Nacional Huatulco con la valiosa ayuda de estos seres intermedios. Porque sí existen. En todas las tradiciones de este planeta hablan de ellos. Son los verdaderos ciudadanos permanentes y custodios de nuestra esfera azul. En todo el mundo se cuentan historias de sus apariciones a los ojos mortales. Habitan en aguajes sagrados, en selvas, desiertos y mares. Se han mostrado como elfos, ninfas, vírgenes, y posiblemente sean los famosos “daimons”. Desde los griegos han acompañado a seres especiales en este mundo, mostrándoles los arcanos de la naturaleza, como lo cuenta C. G. Jung. Tanto en México como en el Tíbet, según narra Alexandra David-Néel en su libro Místicos y magos del Tíbet, “los deseos expresados junto a manantiales sagrados, depositando una ofrenda donde brota el agua y después de haber bebido un trago, se cumplen indefectiblemente”. Y estoy segura de que fueron esos seres, y quienes los guían, los que nos ayudaron para que pudiéramos decretar el Parque Nacional Huatulco. Después de diez años de vivir en medio de esta naturaleza incontaminada, sentíamos que había que hacer algo para conservarla, para que otros pudieran desarrollarse y gozarla en toda su salvajitud. Y este año se cumplen veinte años del decreto del Parque Nacional Huatulco: 11,200 hectáreas de tierra y mar.

Al estudiar el misterio de la luz, los astrofísicos actuales, así como los científicos, los filósofos, los pintores y todos los indagadores de la verdad, se han dado cuenta de que todo está inextricablemente conectado. El observador y su mente pueden alterar los resultados de un experimento científico, y todo lo material y físico tiende a ser regido por la mente, y ésta por el Espíritu-energía, centro de todo, lo visible y lo invisible, lo mesurable y lo intangible, lo incognoscible y lo eterno. Pero toda esta percepción del mundo es imposible si no tenemos silencio interno, si no paramos nuestro ritmo acelerado de vida y observamos atentamente nuestra mente y nuestro comportamiento. Hicimos un retiro de vipassana en Cacaluta, siete días de silencio interno y externo que nos preparó para la crisis que se nos vino encima: la expulsión y pérdida de nuestra casa en Cacaluta por oponernos a la privatización del Parque.

En todas las doctrinas secretas de todos los tiempos se hacen presentes los principios de austeridad, autocontrol, pureza física, fines altruistas y espirituales. Y en todas se habla de siete círculos que hay que pasar para fundirnos con la luz, para llegar a la iluminación sin pasar por la muerte física. Existen pocos seres humanos que lo han logrado a través de los tiempos; el profeta Elías fue uno de ellos. Pasando uno a uno estos siete círculos se fundió con su luz divina interna y su cuerpo físico se combustionó. “Mientras ellos iban andando y hablando, de pronto, apareció un carro de fuego y caballos de fuego que separó a los dos. Y Elías subió al cielo en un torbellino”, se dice en Reyes 2:11.

Fueron los libros sobre la alquimia de C.G Jung, los de Alexander Roob, el Libro de Urantia y El hombre y lo divino de María Zambrano los que acabaron por poner todo en orden. Ahora estamos convencidos de que como es arriba es abajo, de que hay jerarquías celestiales y terrenales. Esta vida es el principio, el preescolar cósmico de una aventura casi eterna hacia la perfección, hacia nuestro origen: Dios.

El trabajo en equipo, hombro con hombro, fue lo que nos ayudó a sobrevivir en la selva huatulqueña. Había enormes riesgos todos los días: serpientes venenosas, alacranes, arañas, plantas que quemaban, tiburones en el mar. Así que aprendimos a confiar el uno en el otro plenamente para enfrentar a la naturaleza indómita y sobrevivirla. Pero nuestra meta era alcanzar la plenitud como seres humanos. Actualmente es dar lo mejor de nosotros a las nuevas generaciones. Nunca nos vimos como hombre o mujer, sino como cómplices en el mismo camino del conocimiento. Estoy agradecida por haber tenido un compañero como Leonardo, y segura de que seguiremos juntos más allá de la muerte física. Porque cuando morimos muere nuestro cuerpo material, pero nuestra alma continúa su eterno viaje hacia el centro-origen. La materia regresa a la materia y el espíritu al espíritu.

Ahora, a mis sesenta y dos años, confieso que he vivido en carne propia el mito del Sigmur. Encontré adentro lo que por tanto tiempo busqué con ansia afuera: la luz interna. ¿Fue necesario hacer todo ese periplo en forma de círculo que se muerde la cola como el oroburo? Creo que no es necesario perder tanto tiempo buscando un maestro afuera. Creo que si enseñamos a los niños a contactar con su yo superior interno, con esa luz que habita en todos los seres humanos y que sobrevivirá por siempre —no hay diferencia de género en el mundo espiritual—, podríamos evolucionar mejor como especie y actuar como lo que somos: hermanos de un mismo Origen-Padre. No deben verse como contrarios el hombre y la mujer, la materia y el espíritu, sino como complementarios. Así evitaremos perdernos en el sendero fugaz e ilusorio del mundo material que nos ahoga.

Raga Garciarteaga

CDMX, 1955. Estudió Diseño en la UAM y cursó la Licenciatura en Bellas Artes en el Instituto Allende de Guanajuato. Es pintora, ambientalista y promotora de la lectura. Sitio web: dajandras.com


Fotografía de Raga Garciarteaga

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