Migración
09 de noviembre del 2017

Se ha aureolado a la locura como deseable para todo el que quiera ser un artista genial. Sin embargo, nada hay más apartado de la realidad que un loco, un loco de verdad. Y los artistas geniales que han sido visitados por la locura, lo fueron a pesar de ella y no gracias a ella. Tenemos múltiples testimonios de estos genios, como Vincent van Gogh, Edvard Munch, Leonora Carrington, Robert Walser, Antonin Artaud, Virginia Woolf, Vaslav Nijinsky, Salvador Dalí, por citar solamente algunos nombres. “Enfermedad, muerte y locura fueron los ángeles negros que velaron mi cuna, desde entonces me han perseguido durante toda mi vida”, afirmó el pintor Edvard Munch.

¿Habrá mayor exilio, mayor desarraigo, que el de la propia mente? El ser un desconocido en tu propia conciencia crea un desasosiego que nadie realmente desea. El no poder controlar las voces internas, la paranoia de que eres perseguido todo el tiempo, la sensación de que habitan en ti múltiples seres que se adueñan de tu mente y de tu vida, todo eso solamente puede compararse a las imágenes y sufrimientos del infierno judeocristiano tan temido. A veces el suicidio es la única puerta segura para escapar de este infierno que no cesa de acosar a quien padece de esquizofrenia. Mi sobrino, Alex Winstanley, que tenía el don de la poesía y le habían diagnosticado esquizofrenia, puso fin a su vida tirándose de un puente, debido a la soledad y la desesperación tan grandes que lo sobrecogían después de varios años de sufrir esta enfermedad incurable.

La famosa pintora Leonora Carrington experimentó a los veinte años un caso de esquizofrenia aguda, que según la mayoría de los psiquiatras actuales no tiene remedio, y menos aún se saben las causas que la producen. Se conjetura que la herencia, el medio ambiente, los alimentos, las drogas, infancias traumáticas y la violencia del medio social son algunos fermentos para desarrollar la locura.

Leonora siempre fue una rebelde. La expulsaban de todos los colegios y su padre, Lord Carrington, que pertenecía a la nobleza inglesa, nunca la comprendió. El encuentro que marcaría toda su vida fue el que tuvo con Max Ernst, del que se enamoró profundamente. Ernst era pintor, tenía cuarenta y siete años y ella solamente diecinueve. Él la introdujo en el movimiento surrealista y le dio el sobrenombre de “La novia del tiempo”, pero Leonora escribió acerca de los surrealistas: “Sólo nos querían como musas alocadas”.

Huyendo de la esposa de Max, van a Francia y compran una granja donde vivieron dedicados a su trabajo artístico hasta que el horror de la Segunda Guerra Mundial los alcanzó y los nazis arrestaron a Ernst. Leonora sufrió mucho y no sabía qué hacer. La gran hostilidad del pueblo la obligó a huir con unos amigos hacia España, donde entró en un shock nervioso. En realidad perdió el control de su mente y la internaron en un hospital psiquiátrico en Santander. Memorias de abajo es un libro que hizo para exorcizar esa parte de su vida. En él nos narra su rompimiento mental, del que no se recuperó nunca plenamente, según el testimonio de su hijo Gabriel. En medio de su “locura” no dejó de tener el firme propósito de deshacerse de los personajes que habitaban su mente, y dice en este libro que sabía perfectamente que tenía que desterrarlos de su mente, empezando por la más grande y fuerte, que era ni más ni menos que la reina Isabel de Inglaterra. Afortunadamente un primo médico logra sacarla del hospital de Santander, donde le administraban unas inyecciones de cardiazol que hubieran acabado por freírle todo su cerebro, como escribe en este libro. Pero su padre le pone a una celadora con la intención de enviarla a Sudáfrica a otro hospital psiquiátrico.

A pesar de su enfermedad mental, Leonora reacciona y tiene un momento de lucidez, sabe con todo su ser que debe escapar a como dé lugar antes de que la vuelvan a encerrar en un hospital, y ahora sí para siempre. Casándose con Renato Leduc logra refugiarse en la Embajada mexicana, para luego huir hacia México en 1943. Una escena muy conmovedora de su vida es cuando encuentra “vivo” a Ernst antes de embarcarse hacia México, pero él ya está casado con Peggy Guggenheim. Se divorcia a los dos años de Leduc y conoce al que sería su esposo por sesenta y un años: el fotógrafo Chiki Weisz, un verdadero sobreviviente que creció en un orfelinato y escapó de un campo de concentración. Se convierte Chiki Weisz en la estabilidad fundamental para que ella pueda concentrarse en su pintura. Afirmaba con todo su ser que el arte no es algo que tú decides hacer, sino que es algo que “necesitas” hacer. Todos los testimonios de los que la conocieron dicen que era encantadora y que encontraba el tiempo para pintar entre sus múltiples actividades cotidianas. El ser madre de dos hijos, Pablo y Gabriel, el tener un compañero que le da estabilidad y el amor necesarios, es todo lo que necesita para crear y darle la espalda a la locura, o al menos exorcizarla en sus pinturas. Pues como bien dijo el escritor Walser: “el ser humano sin amor está perdido”. La madre de Leonora hizo un viaje a México para conocer a sus nietos; pero a su padre no lo vuelve a ver jamás.

Leonora Carrington y Remedios Varo, otra pintora extraordinaria, son casi desconocidas en sus países de origen, Inglaterra y España respectivamente. Pero sus obras son valuadas en millones de dólares, y es en México en donde vivieron y realizaron su producción artística. Las unió una estrecha amistad que duró más de dos décadas, y eran como “hermanas espirituales”. Ambas tienen una obra pictórica realmente fascinante, y además nos dejaron escritos, cuentos, novela corta, textos sobre sus vidas y correspondencia. Estas dos pintoras no hubieran podido realizarse sin la valiosa ayuda de sus compañeros, y pertenecieron a la corriente artística denominada surrealismo, en donde no existe diferencia entre el mundo de los sueños y el de la razón aplicada, en donde se le da importancia a la exploración del subconsciente, a la incongruencia, a los mundos fantásticos, al dibujo automático, a los arquetipos, al inconsciente colectivo. El surrealismo está repleto de alegorías, abstracciones, símbolos y objetos transformados. En fin, es una búsqueda del modelo interior frente al modelo exterior; el contenido latente frente al contenido manifiesto; mitos y espacios imaginarios.

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Sierra Madre, Daniel Lezama, 2011, óleo sobre macocel, 40x51 cm.

Remedios Varo y Leonora toman a México como su verdadero hogar, y éste significó para las dos el país que las acogió y les dio un refugio seguro, un lugar para vivir plenamente y desarrollarse como artistas. En una carta dirigida desde París a Walter Gruen, su último compañero y promotor, Remedios escribe: “Hoy hace ocho días que salí (de México), ¡Dios mío!, qué deseos tengo de regresar, aunque ya no me siento tan mal, sin embargo veo que definitivamente he dejado de pertenecer a estas gentes (los surrealistas) y a estas cosas, que no me interesan gran cosa y que mi vida, no sólo material o sentimental sino también intelectual, está ahí, en esa tierra que sinceramente amo con todas sus fallas, defectos y calamidades”.

Remedios se casó legalmente dos veces. La primera vez con Lizárraga y luego con Benjamin Péret, del que nunca se divorció. Debido a esta relación entra en contacto con el mundo surrealista, conoce a André Bretón, Max Ernst, Joan Miró y a Leonora Carrington. Llega refugiada a México con Benjamin. Y cuando finaliza la Segunda Guerra Mundial, Benjamin regresa a Francia. No logra convencer a Remedios que lo acompañe y se separan definitivamente.

En los cuadros de Remedios observamos personajes que salen de las paredes, de las sillas, de laberintos, y que nos muestran otras realidades. Esta pintora, a pesar de padecer constantemente de pesadillas, insomnios y sudores fríos, desea “perforar en la tierra una madriguera para esconderme allí dentro”. Remedios logra plasmar en sus cuadros plenos de luces y sombras seres que habitan sus propios mundos y nos muestran realidades invisibles, pero tanto o más reales que el mundo cotidiano que habitamos.

Remedios muere repentinamente de un paro cardíaco —a los cincuenta y cuatro años de edad— en brazos de su último compañero Walter Gruen y en plena producción artística.Walter Gruen se volvió a casar y con su pareja reunió y donó al Museo de Arte Moderno de la Ciudad de México una excelente colección de esta pintora surrealista.

En cambio, Leonora vivió hasta los noventa y cinco años, y al final de su vida realizó unas esculturas extraordinarias, basadas en los personajes de sus cuadros. Creo que estas monumentales esculturas son el sueño de muchos pintores: ver en la realidad cotidiana los personajes de tu imaginación, dar vida a esa ilusión llamada pintura. Aunque con los monstruos que se pintan ahora, sería mejor dejarlos donde están.

Cuando la gente le preguntaba por sus cuadros, lo qué significaban, cómo los había concebido, contestaba: “No intelectualices, pierdes el tiempo, nunca los entenderás por la razón, sino con tus sentimientos”. El mundo visual tiene otras maneras de expresarse. Decía que las imágenes llegaban, no podía decir de dónde, y que los personajes se subían solos al cuadro.

Estas dos pintoras lograron sacar luz de la oscuridad, hicieron de su exilio mental y espacial un triunfo. Y como María Zambrano, comenzaron “a cantar entre dientes por obedecer en la oscuridad absoluta que no había(n) hasta entonces conocido, la vieja canción del agua todavía no nacida”.

Casi todos los seres humanos, al menos una vez en la vida, padecen un brote psicótico que puede degenerar en locura si no es tratado a tiempo. En la mente del hombre yacen innumerables sombras, sobre todo en el inconsciente, ya sea individual o colectivo. Anidan en esas tinieblas monstruos que no podemos ignorar, sino conocer para trascenderlos. En algunas manifestaciones artísticas es como la Humanidad ha logrado exorcizarlos.

En Estados Unidos la mitad de la población toma Prozac para combatir la depresión. Como bien decía Remedios Varo, quien padecía de depresiones profundas y terrores nocturnos: puedes ir de aquí para allá, pero si tú no estás bien, nada de lo que te rodea lo estará. En México la esquizofrenia ocupa el quinto lugar en la escala de enfermedades mayor difundidas. Y según la Organización Mundial de la Salud, existen veintiún millones de esquizofrénicos en el mundo. Algún artista genial habrá entre estas enormes cifras, y será genial a pesar de su locura.

Frases
Raga Garciarteaga

CDMX, 1955. Estudió Diseño en la UAM y cursó la Licenciatura en Bellas Artes en el Instituto Allende de Guanajuato. Es pintora, ambientalista y promotora de la lectura. Sitio web: dajandras.com


Fotografía de Raga Garciarteaga

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