México
09 de noviembre del 2016

Para atreverse a escribir un ensayo debe tenerse un buen motivo y muchas dudas. A lo largo de la escritura tales dudas se aclararán o se tornarán más oscuras inclusive. O aparecerán otras nuevas. En todos los casos salimos beneficiados porque una duda bien plantada se aproxima bastante a una certeza o a tener una idea de aquello que nos perturba. Pero decidirse a escribir trae consigo una responsabilidad formal y en apariencia vacua: practicar la sencillez. Si no se logra escribir con la mayor claridad posible me parece que, entonces, uno ha fracasado. No quiero decir que el ensayista contemporáneo aspire sólo a hacerse entender, ni que él mismo posea un mensaje claro que desea poner en circulación. Digo que en la expresión concreta de la duda, en la construcción de la pregunta, la sencillez a la hora de expresarse es una buena herramienta y también una manera de echar fuera del ensayo el equipaje ampuloso o innecesario que nos dobla la espalda.

Es una lástima de proporción histórica que el ascetismo o la frugalidad se hallen tan desprovistos de valor en estos tiempos. Su destierro nos hace más pobres en todos los sentidos. Se desean tantas cosas innecesarias que el tiempo se oculta o desaparece en la cotidiana brega para satisfacer tales deseos. Escribir un ensayo es parecido a viajar con una maleta ligera hacia un destino sorpresivo. Y eso es bastante más que desarrollar una tesis. Otra razón para proponerse escribir con sencillez es que nos hemos quedado sin lectores. Fuera del ámbito de la academia o de los círculos o medios especializados en la literatura, los lectores han sido abducidos por formas de comunicación que no estimulan la imaginación ni pueden considerarse medios de transmisión del saber. Al contrario: son formas puras de lo insustancial y de la vacuidad permanente. La destrucción del lector potencial ha sido una constante en las décadas recientes: además de que el tiempo de lectura se ha tornado insoportable para quien está acostumbrado a recibir y a consumir contenidos eficaces y efímeros. La educación —amansar para caminar en una dirección— es planeada a partir de metas precisas o funcionales que no dejan espacio suficiente para la vida de un lector que aprecia los bienes intangibles o los bienes que no son evidentes a primera vista.

Los buenos lectores, es decir, aquellos capaces de completar el texto con su imaginación e interpretación, nos han sido hurtados y la educación humanista se ha visto de repente desprovista de su bagaje de complejidad y de cultura universal. Pensar no es calcular, y educarse no significa prepararse para una acción determinada. ¿Para qué continuar escribiendo historias de ficción o ensayos si los lectores potenciales han sido secuestrados? Es probable que lo hagamos llevados tan sólo por impulso ciego. Supongamos que este impulso ciego y sin propósito existe y que es la causa de algunos libros que todavía circulan por allí. Bienvenido entonces el benéfico impulso, la vocación, la voluntad que produce aún buenas obras.

Escribir con sencillez para un mundo en que el lector ha sido hurtado, no necesariamente significa renunciar a la complejidad; más bien se trata de una adaptación de las formas al mundo contemporáneo. La sencillez al escribir es una virtud que requiere de toda la concentración y esfuerzo posible por parte de los escritores. Los lectores cultos escasean: ¿a quién se busca impresionar? ¿A un ojo canónico que nos trasciende? ¿A una enloquecida autocrítica? Ejercer el lenguaje, encarnarlo, escuchar la cadencia y ruido de su movimiento al desplegarse, todo ello posee un sentido vital y humano, pero hay que ser responsables de la elección: o se elige el camino sibarita y onanista de la escritura críptica —elección por demás respetable y misteriosa— o se practica la sencillez con el propósito de hacer más breve el equipaje a la hora de atravesar a pie esta época amansada por la educación dirigida y el secuestro de lectores.

Frases
Guillermo Fadanelli
  • Escritores invitados

CDMX, 1963. Narrador y ensayista. Entre sus obras destacan Lodo, Educar a los topos, Mis mujeres muertas, El hombre nacido en Danzig y Hotel DF (novelas); En busca de un lugar habitable, Insolencia, literatura y mundo, Elogio de la vagancia (ensayo). Premio Colima de Literatura 2002. Premio Grijalbo 2012. Fundador de la editorial Moho.

Fotografía de Guillermo Fadanelli

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