Columna Semanal
21 de julio del 2017

En estos últimos meses mi vida social ha decaído. Me limito a quedarme encerrada en mi cuarto con un gato al que también le molesta mi presencia. Salgo de vez en cuando y visito lugares solitarios, entre ellos, un bar cuyo nombre es bastante patético y bastante irresistible para no dejarme hundir en su fatalidad; me quedo ahí escuchando pasar las horas frente a una cerveza, pensando en que, si tuviera la oportunidad de volver a empezar, tropezaría nuevamente con las decisiones equivocadas. Jamás me he considerado una buena lectora de poesía, pero en estos momentos me siento atraída por la poeta norteamericana Emily Dickinson (Amherts, Massachusetts, 1830-1886) a la que indudablemente no podríamos separar su vasta obra con los infortunios de su vida. Llegué a saber de ella por un cuento de William Faulkner (1897-1962) “Una rosa para Emily”: una mujer que no acepta la muerte de su padre, el olor horrible que despide el jardín de su casa después de que su amante ha desaparecido, el exilio voluntario. Las ganas de no ver a nadie, mis sábanas con olor a mugre y mis decepciones amorosas, me conducen irremediablemente, a buscar el silencio de las palabras para quedarme a vivir ahí y desaparecer lentamente.

Lo comprendí desde aquel día en que él se fue y yo me quedé con una sola frase: “Y tú, como siempre has estado…solo.” Es del escritor irlandés Samuel Beckett (1906-1989). Compañía fue el libro que me dejó una huella imborrable y que hasta en estos momentos nunca ha dejado de hablarme. “No obstante, cierta actividad mental, por ligera que sea, es un complemento necesario de la compañía.” Estoy boca arriba en la obscuridad, pensando en aquel pequeño infierno de Emily. Faulkner, autor norteamericano y ganador del Premio Nobel de Literatura en 1949, narra la vida de la poeta mezclando la realidad y la ficción. Creo que para muchos, Dickinson nos resulta muy enigmática, y William Faulkner la hace parecer aún más misteriosa. No fue, sino hasta cuatro años después de su muerte que se publicó el primer libro de poesía, y en 1950 la Universidad de Harvard compró más de dos mil poemas y cartas para realizar una edición meticulosa. ¿Acaso nuestra obsesión por las vidas ajenas es el reflejo de nuestra aburrida y solitaria existencia? Un lector no es más que un intruso, un metiche que necesita escuchar otra voz porque no soporta sus propios pensamientos, no tolera el ruido mundano que hay a su alrededor y sobre todo, cree que es posible encontrar ahí a un interlocutor. Los libros son la compañía perfecta para un dolor que nadie puede comprender. ¿Cuántas veces he acudido a ellos para no dejarme abrazar por la muerte?

“Valiente es aquel que lucha/Pero tiene más valor/Aquel que lleva en el pecho/ Su Calvario de Dolor/” Y otro versos por aquí: “El Dolor ‑es como el Vacío –/ No se puede saber/Cuándo empezó –ni si hubo un día/En que éste no existiera¬-” (sic)

Me acerqué a ella, cuyo rostro no es más que un volcán de palabras en erupción quemándome la piel. De repente, la soledad a la que estaba condenándome fue desapareciendo y comencé a sentir deseos de volver. A pesar de estar rodeados de personas, en una sociedad como la nuestra en donde no podemos reconocer nuestros errores, ser unos falsificadores de confianza, y negarnos al perdón, la sensación de vacío y soledad estarán siempre ahí. ¿Acaso darle la espalda a nuestros pensamientos no es sino un síntoma de una sociedad en declive propensa al fracaso? Miramos hacia afuera y sólo hallamos sangre. ¿Quién podría sentirse cómodo a lado de un pervertido, mentiroso y asesino? ¿Quién es nuestra compañía en estos momentos de barbarie?

Dejo la lectura y llamo a mis amigos. Con ellos siempre hay algo mejor qué hacer.

Perla Muñoz
  • Consejo editorial

Oaxaca de Juárez, 1992. Escritora y cuenta cuentos.

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Fotografía de Perla Muñoz

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