Columna Semanal
19 de enero del 2017

Hace tiempo me ofrecí para hacer un taller de español en Los Ángeles con una amiga que, junto con otros oaxaqueños, había formado una organización que reconocía de ese lado la cultura oaxaqueña. Gracias a ella conseguí dónde hospedarme y recorrer la ciudad en bicicleta, buscando gente y contactos que me ayudaran en la aventura de crear un taller de español para niños con orígenes hispanos. En ese transcurso encontré el apoyo de una maestra de la Universidad de Guadalajara; con una vocación increíble dirigía un pequeño departamento donde se ofrecían cursos de alfabetización y computación para adultos. Mi paso por ahí me hizo replantearme el alto índice de analfabetismo de adultos de origen latinoamericano. Me hice voluntaria para enseñar a leer y escribir y era impresionante que cada día llegara alguien nuevo. Las voluntarias éramos tres: dos chicas de la Ciudad de México que venían a hacer servicio social y yo, desemplea, arriesgando todo y con un afán de conocer cómo era el medio de ese lado.

Entre mi breve voluntariado en el programa de alfabetización contacté a un grupo de mamás, que en ese entonces discutían la Acción Ejecutiva para regularizar a indocumentados. La noticia era esperanzadora. En corto me ofrecí a hacer un taller piloto de español y cuando me di cuenta ya tenía una lista con los teléfonos de veinte mamás que estaban interesadas. El curso fue muy breve dado que pronto terminaría el año y comenzarían las vacaciones de Thanks giving. El ritmo de aprendizaje de los niños era muy ameno; todos habían nacido de ese lado y me costó entender que ellos ya no eran mexicanos, guatemaltecos, salvadoreños, sino totalmente estadounidenses. Notaba que su ritmo y su apertura por aprender eran muy distintos a los que conocía con mis anteriores alumnos en Oaxaca. Me sentía en dos extremos: por un lado con niños y por otro con adultos mayores que necesitaban con urgencia aprender a reconocer las letras y sus sonidos. Con ellos debíamos desarrollar una paciencia extrema porque su forma de aprendizaje era mucho más compleja y lenta. Pensé que las pocas teorías que sabía sobre educación en América Latina eran obsoletas. Sentí vergüenza de mí y de mi propio país. Veía un fracaso educativo que era doloroso en esa gente y de pronto reconocí que terminar una carrera universitaria era un logro muy grande de mi familia.

En algunas regiones de Los Ángeles me daban la sensación de estar en México: las tiendas, los restaurantes, la gente, el idioma. Una gran mayoría de habla hispana. Tan sólo entablar amistades, escuchar sus relatos, saber sus historias de vida venidas de menos a más, eran un gran consuelo, pero no lo suficiente cómo hacer realidad la esperanza de volver a sus lugares de origen. La gente evita hablar del duelo permanente de no poder volver, especialmente porque ningún sudamericano volvería a sufrir su paso por México; otra vez me sentí avergonzada.

En ese entonces Trump era una broma millonaria en los medios. Había cierta incredulidad que él llegara tan sólo a ser un candidato presidencial. Durante un año era insoportable encender el televisor y aguantar la estupidez en persona. En las redes sociales Obama usó su carisma para promoverse como el mejor presidente de Estados Unidos en mucho tiempo. El discurso de odio por un lado y el discurso de una pareja ejemplar en la casa blanca no permitían matices de grises. Contrastes entre negros y blancos.

El día después de la elección era insoportable el ambiente en cualquier lugar, las opiniones de los escritores mexicanos residentes en EUA que publicaron en medios mexicanos fueron amables, me admiró su sobriedad. Los grandes intelectuales opinaban y no daban crédito. Yo me di a la tarea de borrar en redes toda información culposa, llamar pendejo al presidente es mucho más gracioso en México, que del otro lado.

Viridiana Choy

(Oaxaca, 1983). Estudió Ciencias de la Comunicación, se dedica a la docencia. Es cinéfila y fue becaria del PECDA en el área de ensayo en 2013.

Fotografía de Viridiana Choy

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