Zumbidos
15 de julio del 2019

El amor a la verdad es algo terrible y violento.
Friedrich Nietzsche, Schopenhauer como educador

Descripción

Este artículo fue escrito y presentado, por allá de 2009, con motivo de la Semana: en Defensa de la Filosofía y las Humanidades, organizada por la UAM-I. Y es que desde el conflicto suscitado por la (pretensión de) reducción o anulación de materias filosóficas en la enseñanza media superior, grupos de filósofos se unieron para pedir al Estado que tuviera a bien restablecer la importancia de la filosofía en esos niveles, como promotora de mentes críticas. Sin embargo, hay una perspectiva desde la cual la filosofía es violencia teórica, por lo que es, precisamente, contraria a Estados totalitarios o acríticos. La filosofía es enemiga de ellos. Así, no puede realizar pactos que la degraden a sí misma, sino asumir alternativas dentro de tal conducta. Esa es la propuesta de mi trabajo, mostrar otra versión de los hechos, otro discurso que nos lleve a encontrar nuevos caminos y salir de nuestra zona de confort. Hoy, tras lo acontecido en Brasil con la propuesta de reducir la inversión en las Facultades de Filosofía y Sociología, del ministro de educación Abraham Weintraub y el respaldo a dicha propuesta por parte del presidente Jair Bolsonaro, el presente recobra su sentido, al menos en la búsqueda de un nuevo diálogo.

***

“¡Congréguense pueblos del mundo! La filosofía peligra y, con ello, nosotros, quienes nos decimos filósofos, ¡ay, qué será de nosotros! Injusticia, traición, el Estado nos ha traicionado, a nosotros, sus hijos, quienes le damos el pensamiento, quienes le ofrecemos nuestros servicios y lo adoramos y hasta le hemos otorgado como ofrenda a nuestros hijos e hijas. ¿Ahora qué? Moriremos de hambre, de frío. Pero no será tan fácil pues más de dos mil quinientos años de tradición nos han enseñado a pensar; contamos con armas certeras: la retórica, la dialéctica y la pluma que se esgrime a nuestra utilidad. Batámonos, pues, el campo de batalla es todo nuestro”.

Éste es el grito de guerra actual de muchos “filósofos”, que indignados por la exclusión que el Estado hizo, en un primer momento, de ellos y de su historia de la filosofía, claman ahora justicia. Pero yo les pregunto, ¿qué han hecho, hermanos míos, para merecer la atención y la justicia de la gente, del pueblo, de los gobernantes?

Si hoy, cuando no se tiene a la filosofía en gran estima, nos preguntamos cuál es la razón de que ningún gran general y hombre de Estado haya sentido inclinación por ella, responderemos que se debe a que, cuando la buscó, sólo encontró un débil fantasma bajo el nombre de filosofía, aquella sabiduría erudita de cátedra y aquella pusilanimidad de cátedra, en suma, porque enseguida la filosofía acabó por parecerle una cosa ridícula.1

Este es su legado, esta es la filosofía que mayoritariamente nos han heredado, una filosofía ridícula, carente de sentido, pero lo más importante, una filosofía que no es filosofía. Y, aún con ello, son lo suficientemente orgullosos como para no reconocer sus errores y decir que el Estado tiene la culpa, que el Estado es tiránico y que si se quita la filosofía de la institución universitaria, el pensamiento desaparecerá. ¿Cuál pensamiento, me pregunto yo? Hace mucho que a la gente (incluidos los profesores de filosofía) ya no le interesa pensar. Basta repetir, repetir lo que dijo este o aquel: esa es la verdad. Ahora ya nadie crea (o re-crea), ¿para qué hacerlo?, si bien podemos ser aristotélicos, kantianos, hegelianos, marxistas, popperianos, nietzscheanos, etc, etc.

Que quede claro que no estoy defendiendo al Estado 2, pues bien sé que “la crisis, de profundidad sin precedentes, que conmueve hoy en todo el mundo al sistema escolar de tantos estados […] adquiere un carácter político si se considera que la escuela y la pareja escuela/familia constituye el aparato ideológico dominante”3, pues al Estado lo que menos le interesa, por esencia, es la verdad por sí misma, lo único que le importa es lo que le sea útil, sea esto verdad, verdad a medias o error4. Por eso, “donde existió cualquier tipo de tiranía, allí se odió al filósofo solitario; pues la filosofía ofrece al hombre un asilo en el que ninguna tiranía puede penetrar, la caverna de la intimidad, el laberinto del pecho: y esto enfurece a los tiranos”5. Pero que se entienda de una buena vez que si bien el Estado, por naturaleza, va en contra de la filosofía, esta, que habría de ir en contra de todo, últimamente sólo se ha dedicado a “lamerle las botas al Estado”.

Por ello, todos a los que supuestamente nos importa la filosofía, hemos primero de ver la espiga en nuestro ojo antes de ver la ceguera del de enfrente. Claro, si es que queremos defender o salvar a Sofía.

¿Qué es lo que la filosofía ha hecho de sí misma?, o mejor: ¿qué hemos hecho de la filosofía, para que ahora nos vengan con el cuento de que no es importante, de que no es un campo disciplinar, de que habrá que ajustarnos o a las ciencias sociales o a las humanidades? Como si la filosofía no fuera más amplia que todo eso.

La hoguera arde, alguien prendió el fuego: el Estado, pero alguien dejó que se prendiera el fuego: el “filósofo”, pero no el verdadero filósofo, sino el erudito de la filosofía. Y es este mismo el que ahora nos convoca y nos dice: “Mira qué malo es el Estado, nos quiere matar, ha prendido fuego a nuestra musa, para así consumir nuestra inspiración. ¡Vayan, tomen cubetas con agua y apaguen el fuego!”

Pero hay algo atrás, algo que no nos dijo, que nos ocultó dicho personaje. Pues él, el protector de la Reina Sofía, al ver que se acercaba Leviatán, tembló, dejó las armas y se postró a sus pies, siendo, desde entonces, fiel espectador de los juegos de esta Máquina. Y es por esto que “actualmente, al menos cierto número de personas puede vivir de su filosofía gracias al Estado, en tanto que puede hacer de ella un oficio para ganarse el pan; mientras que los antiguos sabios de Grecia jamás percibieron un sueldo por parte del Estado”6. Lo que no supo (o no recordó) este débil custodio fue lo que dice aquel bello refrán: el valiente vive hasta que el cobarde quiere. Y es que, en realidad, cuando Leviatán se acercaba él era quien se estremecía, temía a la Reina Sofía; de hecho, iba en busca de su ayuda, de una tregua con ella y con sus guardianes:

Porque cualquier Estado los teme, y sólo favorecerá a aquellos filósofos de los que no tenga nada que temer. Sucede ciertamente, que el Estado, en general, tiene miedo de la filosofía y, justo siendo éste el caso, hará lo posible por atraer hacia sí a todos los filósofos que pueda, los cuales le confieren la apariencia de tener la filosofía de su parte.7

Pero al percatarse de la fragilidad de sus guardianes y de cómo estos le rendían culto, decidió erigirse como el nuevo dios (el nuevo ídolo) y para perpetuar su hazaña lo mejor era quemar a la Reina.

¿Qué hacer entonces? Luchar mis hermanos, no tanto con las armas como con el pensamiento, es hora de las microrrevolciones y de las contrahistorias8. Hoy o nunca ha de surgir una filosofía intempestiva, una filosofía salvaje; pues de lo contrario lo único que estamos haciendo es postergar la agonía, la muerte.

Claro que esta lucha no será fácil, pues requiere coraje, constancia e inteligencia. Será una de las luchas más difíciles de la filosofía, pues, además de tomar el martillo y golpear, se ha, primeramente, de construir el martillo, a base de puro pensamiento y, segundo, se ha de reflexionar cómo y en dónde pegar. “Se requiere, en efecto, una insólita capacidad de reflexión para apartar la vista de una vez de las actuales instituciones de enseñanza y mirar hacia otras instituciones absolutamente extrañas y distintas”9.

Es hora de abrir la boca, pero también de poner manos a la obra, de renunciar y de empezar de nuevo, de “olvidar” nuestros milenios de tradición y reinventar. Los fantasmas nos rondan, están con nosotros, nunca nos abandonarán, pero tampoco es justo ponerlos como carne de cañón, por ello mismo no cabe ser su parásito. “Tenemos que responder ante nosotros mismos de nuestra existencia”10. Lo mejor es filosofar en lo salvaje, en el miedo, a la intemperie y no en una Mansión, llena de comodidades y de halagos, pues cuando el hombre deja de vivir, deja de pensar; y dejar de vivir es dejar de estar a la deriva, de sufrir, de llorar, de tener miedo y de vencer al miedo, sólo para iniciar otra vez el proceso.

Es una exigencia privar a la filosofía de todo reconocimiento estatal y académico y eximir en general al Estado y a la Universidad de la tarea irresoluble para ambos de tener que distinguir entre la verdadera filosofía y la mera apariencia de ella. Dejad al filósofo que crezca salvaje, privadlo de cualquier perspectiva de colocación e inserción en las profesiones burguesas, no le lisonjeéis más sueldos y, más aún: perseguidle, sed inmisericordes con él; ¡veréis milagros!11

Veo tres opciones: la afirmación, la renunciación o la muerte. Si se elige la primera, luchemos contra nuestra actual apatía, contra los prejuicios, contra la mediocridad, en una palabra: suicidémonos, pero sólo para después resucitar al tercer día.

La segunda opción nos dice: “retirémonos de la lucha, vayamos al desierto y logremos el Nirvana”.

Estas dos opciones son loables y dignas de seguir, sólo requieren compromiso, sea este el colectivo o el individual.

La tercera opción, la de la muerte de Sofía, es la de la entrega total a Leviatán, es la de la cobardía y la pusilanimidad. Es la de hoy, la del educador académico de hoy, que con sus esfuerzos “el único producto que […] logra es o el erudito o el funcionario del Estado, o el propietario o el cultifilisteo o, finalmente, y por lo común, un producto híbrido que resulta de la mezcla de todos los anteriores”12.

He aquí el drama de la vida, el único resquicio de libertad que nos queda, el de la renuncia.

La pregunta de fondo no es si la filosofía “pertenece” a las ciencias sociales o a las humanidades, tampoco es si la escuela es un buen medio para filosofar; pues al fin y al cabo a la escuela la hace el Alumno, el que día a día decide que hay que reflexionar sobre la vida, y el Maestro, que sabe que hay que desprenderse de lo poco o mucho que uno tenga y entregárselo al otro, y que él es un liberador; el lugar es lo de menos: la calle, el centro histórico, un café, un jardín o un aula erigida sobre paredes y nombres; lo importante es asumir la responsabilidad de ser humano. Decía que lo significativo no es tanto averiguar esto como elegir si el filósofo ha de afirmar (re-afirmarse) de nuevo como un héroe, como un temerario y como un salvaje; si ha de renunciar a la masa de pseudofilosofía y superarse a sí mismo; o si ha de entregar su corazón y su razón, y adular a Satán, el payaso de su mezquindad.

Con esto clarifico la intención de este trabajo, que hasta el momento puede parecer un tanto ambiguo. No digo que la filosofía tenga que eliminarse, necesariamente, de los programas de estudio, pero tampoco que no tenga que hacerlo; esto es indiferente, la filosofía no depende de ello. Lo que propongo va más allá y es que la filosofía tiene que superar, trascender la institución académica, no puede depender de ella. Pues el “peligro” aquí es que mientras sigamos varados, viviendo del pasado, como simples marionetas de la historia de la filosofía, de la erudición y del lujo, no podremos quejarnos después de nuestra muerte anunciada. No nos lamentemos, pues, “de que la juventud académica acabe pronto por arreglárselas muy bien sin la filosofía que se imparte en sus universidades, y que los no universitarios, ya en la actualidad, salgan adelante sin ella”13.

Y si decidimos hacer nada (que ya es hacer algo: seguir en el mismo camino con remedios insuficientes), me avergüenzo de cómo nos verán las generaciones futuras. Qué grande será su repugnancia “al ocuparse de la herencia de una época en la cual no regían hombres vivos sino apariencias humanas con opinión pública”14.

La filosofía que es parte de la esencia del hombre, es más grande que cualquier lugar, que cualquier política estatal y que cualquier contingencia histórica y por ello ha de encontrar y crear nuevos caminos en su búsqueda y construcción eterna: la de la verdad del mundo.

*Artículo redactado a causa de la pretensión de olvido de la asignatura de filosofía en el sistema educativo mexicano y de cualquier país. Aceptado en la UAM Iztapalapa –con el nombre de “Filosofar en el miedo”– con motivo del Día en Defensa de la Filosofía (2009)

Referencias Bibliográficas


 Althusser, Louis, La filosofía como arma de la revolución, Ed. Siglo XXI, México, 2008.

 Nietzsche, Friedrich, Schopenhauer como educador, Ed. Valdemar, Madrid,  2006.

 Onfray, Michel, La comunidad filosófica: Manifiesto por una Universidad popular, Ed. Gedisa, Barcelona, 2008.

Nota(s)

 

  1. Ibíd., p. 164

  2. Entiendo por Estado aquí a la máquina de gobernantes y de empresarios, que amparados en el sistema capitalista, buscan mantenerse en el poder. En suma: un sector específico de la población que controla los medios de producción, y que con ellos y mediante aparatos, represivos e ideológicos, se reproduce constantemente en su afán de dominio. (Cf. Luis Althusser Louis Althusser, “Los aparatos ideológicos del Estado”, en: La filosofía como arma de la revolución, Ed. Siglo XXI, México, 2008, pp. 110-111)

  3.  Ibíd., p. 127

  4. Cf. Op. Cit., Friedrich Nietzsche, Schopenhauer como educador, p.159

  5. Ibíd., p. 63

  6. Ibíd., p. 63

  7.  Ibíd., p. 149

  8.  Cf. Friedrich Nietzsche, Schopenhauer como educador, Ed. Valdemar, Madrid, 2006; y Michel Onfray, La comunidad filosófica, Ed. Gedisa, Barcelona, 2008. También se puede ver el importante esfuerzo que Onfray está haciendo a este respecto, desarrollando las “Contrahistorias de la filosofía”

  9. Cf., Friedrich Nietzsche, Schopenhauer como educador, Op. Cit., p.129

  10. Ibíd., p. 38

  11. Ibíd., p. 159

  12. Ibíd., p.129

  13.  Ibíd., p. 155

  14. Ibíd., p. 37

Slaymen Bonilla
  • Escritores invitados

(México, 1988) es, actualmente, investigador invitado en la Universidad de Kioto y doctorante en filosofía por el Colegio de Morelos. Sus investigaciones giran en torno a la filosofía pesimista del siglo XIX y XX, a la filosofía oriental, en especial Nagarjuna y a la filosofía náhuatl. Igualmente, sus esfuerzos van encaminados a la creación y desarrollo de una nueva teoría, a la que denomina "pesimismo utópico". Cofundador del proyecto de los Filósofos Malditos.

Fotografía de Slaymen Bonilla

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