Argentina
06 de febrero del 2017

Hay en estos momentos muchos discípulos de Witold Gombrowicz en el mundo. Seres inmaduros que buscan el insoportable castigo de la felicidad en la imperfección del ser humano. Este polaco tiene hoy en día un reconocimiento bastante amplio en la lengua española. Los traductores de Gombrowicz al español son pocos, así que su estilo y su ritmo se pueden percibir en sus traducciones casi de la misma forma.

Para algunos críticos Gombrowicz es un escritor de un gran genio y para otros es un escritor menor con suerte al final de su vida. Me parece que ambas aseveraciones pueden ser falsas y verdaderas. Lo que merece rescatarse del olvido del tiempo a parte de su obra es su grandísimo sentido del humor, del ridículo, de lo bobo, de la belleza, de la crítica inconvencional hacia todas las cosas que su ojo vio, de todo lo que oyó, y de las que pudo hablar y escribir.

Si el lector busca otro Gombrowicz en el mundo no lo hallará ni en Polonia ni en Argentina ni en ninguna otra parte del planeta. Mientras que el estilo de Borges es imitable y todos sus imitadores desagradables, el de Gombrowicz resulta más complejo debido a que sus ideas le pertenecen a él, y aunque no son nuevas, el carácter que les dio sí lo es; en cambio, la imaginación de Borges es de una insolencia que se acepta por la genialidad de su imaginación. Borges ha tomado las ideas de otros, e incluso las ha mejorado en la ficción. Si Borges lo hubiera leído no le hubiera gustado el estilo de Gombrowicz, a pesar de que tenían un ídolo en común: Schopenhauer.

Me parece que el mayor crítico de Borges es Gombrowicz; él supo ver todo lo que los argentinos no han querido ver y aceptar: su gran debilidad: “El se halla enraizado en la literatura, yo en la vida”, (Testamento). Y aunque Borges ya al final de su vida y en muchos momentos de manera ficticia en su obra reconocía su lamentable insatisfacción por la vida que le tocó vivir, le hubiera gustado ser don Quijote para soñar esas aventuras que le fueron negadas. Pero también le fue negado ser don Quijote: “Que otros se jacten de las páginas que han escrito; / a mí me enorgullecen las que he leído” (“Un lector”), “He cometido el peor de los pecados/ que un hombre puede cometer. No he sido/ feliz”, (“El remordimiento”). Cervantes perdió el brazo en La batalla de Lepanto; Borges perdió la vida en la lectura. ¡Dos quijotes no pueden existir! Gombrowicz es la antítesis de Borges. Y aunque Borges era discípulo de Schopenhauer, no acató su máxima de la lectura: “Cuando leemos hay otro que piensa para nosotros [.] leer reduce en su mayor parte el trabajo de pensar”.

Argentina es a donde desafortunadamente fue a parar Gombrowicz. Si hubiera venido a México y no a Argentina -esa arrogante masa de soberbios-, seguramente hoy tendríamos un Diario mexicano y la influencia de muchas ideas interesantes. Pero bien, aquí lo que atañe es la sombra que la literatura proyecta sobre todos aquellos miserables que en su vida sufrieron el desprecio y la abyección del medio literario, a costa de que su ego no muriera y forjara algunas cuantas obras. A Gombrowicz no lo querían en ningún lado, ni en Polonia ni en Argentina. Y haciendo aquí el uso profético que a veces le confiere Borges a sus sentencias decimos que: “Podemos conocer a los antiguos, podemos conocer a los clásicos, podemos conocer a los escritores del siglo XIX y a los del principio del nuestro, que ya declina. Harto más arduo es conocer a los contemporáneos. Son demasiados y el tiempo no ha revelado aún su antología”. Ese es el grave misterio que esconde la literatura, y por supuesto, el reconocimiento que escritores hacen de las propias obras literarias. Gombrowicz permaneció en la sala de espera hasta que el asma que padecía desde niño le consumió los pulmones. Gombrowicz es un escritor para escritores y fueron ellos principalmente quienes más reacios se portaron a su estilo. Ya Schopenhauer, de viejo, cuando le llegaba el reconocimiento y más amargado que nunca, quería que alguien escribiera una apología del fracaso:

Desearía que alguien intentara escribir alguna vez una historia literaria trágica, presentando en ella cómo les han tratado durante su vida las naciones que cifran su orgullo más elevado en sus grandes escritores y artistas; presentándonos aquella lucha eterna que tiene que sufrir lo bueno y lo verdadero en todos los tiempos y en todos los países, contra lo malo que domina en toda época, el martirio de casi todos los verdaderos ilustradores de la humanidad, de casi todos los grandes maestros en todas las artes, como han vegetado, salvo algunas excepciones, sin aprobación, sin simpatía, sin discípulos, en pobreza y miseria, mientras que la gloria, los honores y la riqueza se prodigaron a los indignos. (El amor, las mujeres y la muerte).

No podemos decir que Argentina trató mal al pobre inmaduro de Gombrowicz, pero en su Diario argentino hay referencias exclusivamente a lo que sentía en esa tierra de vacas existencialistas. Sus diarios son en sí un objeto de arte. En su momento, su contenido fueron sentimientos de decepción, de impotencia y de un egotismo delirante de un hombre que se aplaudía desde el infierno del exilio; hoy son sólo palabras. En la queja sabia de Schopenhauer distinguimos ese propio autoelogio que se dice a sí mismo como para salvar el prestigio de los verdaderos maestros de las garras de los impostores idiotas. Gombrowicz hace lo mismo en sus diarios, y aunque el contenido no fue planeado como ahora lo poseemos en las manos, en su tiempo fueron artículos de periódicos y diarios para los que Gombrowicz escribía. Un género que por demás siempre ha sido despreciado por la falta a veces de la calidad prosística o lo superfluo del tema desarrollado; los artículos literarios siempre tienden al olvido cuando provienen de un escritor falto de talento. Pero no los de Gombrowicz.

La modernidad ha creado tantos géneros y tantos modelos de expresión que no notamos la información que circula por nuestras cabezas. Sabemos más de un escritor moderno que de un filósofo antiguo, y ni los siglos de investigación y de interpretación hermenéutica podrán siquiera bosquejar un mal dibujo de lo que fue en su momento una época. El espíritu es mudo para los sordos. Así puede determinarse que en estos escritos de una interesante sutileza y un morboso humor crítico se desarrolla quizá una de las inteligencias más extraordinarias de Argentina del siglo pasado. Y Argentina nunca lo aceptó. Sus amigos sí, pero no cuentan. En Polonia era un conde; en Argentina un pobre diablo metafísico:

Al analizar mis veinticuatro años de vida argentina percibí sin dificultad una arquitectura bastante clara, ciertas simetrías dignas de atención. Por ejemplo, había tres etapas, de ocho años cada una: la primera etapa, miseria, bohemia, despreocupación, ocio; la segunda etapa, siete años y medio en el Banco, vida de oficinista; la tercera etapa una existencia modesta, pero independiente, un prestigio literario en acenso, (Diario argentino).

Cada escritor que quiere hacerle un favor a Gombrowicz siempre trata de escribir una cronología de lo que fue su vida en dos, tres, cuatro o cinco páginas. Algo absurdo. Cierto patetismo radica en ofrecer un fantasma en vez de un hombre. Y quien lea sus libros tendrá que hacer un ejercicio de humildad para soportar a veces la inconvencionalidad de su escritura, descifrar sus símbolos, su manera de percibir el mundo, tratar de leer con sus ojos pero pensar e imaginar con nuestra propia ca-beza. La libertad que se ejerce en Gombrowicz me parece que se reduce a esto: el estudio y comprensión de todos los grandes sistemas, de las más penetrantes ideas que el hombre ha descubierto hasta hoy lo dejan en el mismo lugar que siempre se ha encontrado: en el abismo. Somos seres incompletos, lanzados al mundo con una inteligencia que no puede consigo misma ser virtuosa, que no puede mantenerse en las alturas, y sobre todo, que crea los más horribles y pedantes dogmas, certezas, creencias y modelos de humanismo como formas de belleza y verdad. Este simio que bajó del árbol, que se erguió, que tiró el pelo y que después se puso a pensar, al final no puede consigo mismo. Todo se le viene abajo, todos sus modelos no le resultan satisfactorios. Este animal no está acabado. “El individuo es algo tan duro de roer que ningún diente teórico podrá con él. ¡Nada, pues, podrá justificar vuestra derrota, calamidades!”, (Diario, 1963) escribió Gombrowicz.

El humor es un don que muy pocos escritores poseen sin caer en el tono de un bufón. La elegancia del humor es la elegancia de un águila en el aire. Una bestia indomable. Hay pocos satíricos que han trasgredido con buenas metáforas lo que llamamos realidad, buen gusto, hipocresía y tiranía. Y aunque en sus escritos el histriónico Gombrowicz siempre trata de hacer ver el lado incompleto de todas las cosas completándolas con su propia incompletud, termina siendo un Hamlet cómico (“¡El mundo está desquiciado! ¡Vaya faena, haber nacido yo para tener que arreglarlo!”, “Ser o no ser, de eso se trata”):

Lo que me empuja hacia abajo, hacia la confrontación con el caballo, el escarabajo o la planta, es mi tendencia a “relacionarme con la inferioridad”. Si trato de subyugar la conciencia superior a la inferior en el mundo humano, si quiero unir la madurez con la inmadurez, ¿no debería descender aún más por la escala de las especies? ¿Abarcar toda la escala que conduce hacia abajo? [...] Comprender la naturaleza, contemplarla, examinarla, es una cosa. Pero cuando trato de abordarla como algo igual a mí por la vida común que nos envuelve, cuando quiero tratar a los animales y a las plantas de “tú”, me invade la pereza y la aversión, pierdo el ánimo, regreso cuanto antes a mi casa humana y cierro la puerta con doble llave, (Diario, 1957).

Lo más inquietante que puede sufrir un artista es la sombra que no puede proyectar en su época. Gombrowicz era un exiliado que escribía en una lengua muy lejana. Los temas que tocaba, hoy se siguen tocando. Forma y madurez, materia y espíritu, ¿quién ha podido develarlas hasta su centro último? Nuestro lenguaje son los anteojos de una hormiga. Ante todo, prodigar la salvación de un gran escritor es también una tarea vanidosa, ¿cuántos no andan por ahí mendigando el aplauso? Por otro lado, la inteligencia de Gombrowicz trasciende el sentimiento y la fascinación que los propios argentinos le han dado, esa palmada al cadáver. No hay mejor reproche que este frente a todos los nacionalismos y a las aficiones desorbitadas de la inmadurez racional:

Solamente una cultura universal puede hacer frente al mundo, nunca las culturas locales, nunca los que viven sólo con fragmentos de existencia. La pérdida de la patria no empujará a la anarquía sólo a aquel que sepa ir más lejos, más allá de la patria, a aquel para quien la patria no sea más que una de las revelaciones de la vida eterna y universal. La pérdida de la patria no perturbará el orden interior sólo de aquellos cuya patria sea el mundo. La historia contemporánea ha resultado ser demasiado violenta y demasiado ilimitada para las literaturas excesivamente nacionales y particulares, (Diario, 1953).

Volviendo al tema, el escritor también es una bestia, un perro que ladra y mete la cola al mismo tiempo. Cómo podemos ser maduros y bien formados cuando cada nación se encarga de comerse, como Saturno, a sus más virtuosos hijos. La virtud a veces no te salva del desprestigio. ¿No le pasó eso a Sócrates? Por sabio y feo y barrigón lo despreciaron y lo mataron. Y hoy se le dice san Sócrates en todas partes. Una queja más: “Si el destino me hubiera castigado por mis pecados no protestaría. ¡Pero me ha aplastado por mis virtudes!”, (Diario argentino).

Frases
Alejandro Beteta
  • Edición -
  • Consejo editorial

Oaxaca, 1990. Estudió Humanidades en IIHUABJO. Es editor de la revista Avispero

Fotografía de Alejandro Beteta

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