Latinoamérica
04 de noviembre del 2016

Todo diario íntimo nace de un profundo sentimiento de soledad [...] si continúo por el mismo camino creo que mi diario, de aquí a algunos años, será probablemente la más importante de mis obras. Julio Ramón Ribeyrc

Cuando un escritor lleva un diario, la literatura no lo abandona, pues se convierte en su patria ambulante. Si habitar el lenguaje es el sino particular de ciertos filósofos, el diarista incluye también la alcoba y las pantuflas. Este es el caso de Julio Ramón Ribeyro (Lima, Perú, 1929-1994), que inició sus anotaciones íntimas desde la veintena y éstas lo acompañaron en su peregrinación cosmopolita: París, Madrid, Múnich, Amberes, Berlín, Hamburgo, Fráncfort, Ayacucho y Lima, con interludios en otros lugares donde se encontraba de paso. El diario fue redactado, en su mayoría, en la capital francesa, donde vivió con importantes interrupciones la mayor parte de su vida. Primero como estudiante pobre, luego como empleado-ocasional-bohemio, más tarde como periodista en la Agencia France Press (donde también laboraba Mario Vargas Llosa) y finalmente como representante del Perú en la UNESCO.

En La tentación del fracaso (1950-1978), diario publicado por Seix Barral, se encuentran 655 páginas que testimonian su trayectoria vital e intelectual, la de un aventurero discreto que rinde sus cuentas con extraña constancia. Fue un nómada incesante, lo que para una persona de salud frágil y personalidad introvertida (según le gustaba describirse a sí mismo) es una particularidad poco evidente. La singular simpatía que esta obra produce se encuentra precisamente en la sencillez con la cual el autor analiza su condición. Si a eso añadimos el continuo recurso de la ironía dentro de estos pasajes, recordamos las crónicas de Ibargüengoitia, Renato Leduc o las del húngaro britanizado Georges Mikes.

A pesar de ser inevitablemente el personaje principal de los eventos narrados, el autor utiliza la introspección o la reflexión de los hechos para mostrarse casi prescindible. Ribeyro se dibujaba a sí mismo como los personajes de literatura naturalista francesa del siglo XIX (de la cual era un asiduo lector) con una cierta distancia crítica, antirromántica, permeada del humor ácido que suele acompañar a las inteligencias reservadas. Es por esta razón, sin duda, que el diario publicado toma el título de La tentación del fracaso, pues es precisamente el registro de un hombre que echó por la borda la idea del ascenso social y el reconocimiento mediático:

A veces pienso que la literatura es para mí sólo una coartada de la que me valgo para librarme del proceso de la vida. Lo que llamo sacrificios (no ser abogado, ni profesor de la universidad, ni político, ni agregado cultural) son tal vez fracasos simulados, imposibilidades. Mi excusa: soy escritor. Mi relativo éxito en este terreno excusa mis torpezas en los otros. Siempre he huido a toda prueba, de toda confrontación, de toda responsabilidad. Menos la de escribir. Diríase que llevo la vida a mi terreno, allí donde no puede darme ninguna sorpresa. Protegido del mundo, de la gente, solo frente a mi máquina de escribir, sin coerciones ni apremios, sin jueces, ni público, ni ovaciones ni rechiflas, en la arena solitaria de mi página en blanco, procedo a la mise a mort de la vida.

11 de marzo de 1965

El diario de Ribeyro es ante todo el testimonio de un hombre sensible que registra su andar ante el complejo y curioso hecho de existir. De inspiración montaigneana, va tomando pretextos de situaciones concretas para intentar explicar el mundo (o manifestar asombro y confusión): una úlcera que no sana, una mujer que finge no reconocer al amante de sendas noches de voluptuosidad, la falta de dinero para pagar el banco del Jardín de Luxemburgo, las responsabilidades de un hombre de familia, la muerte de un amigo o el tener que vender los preciados libros para comprar cigarrillos. El diario, casi siempre nocturno, se convierte en la consciencia de la vida diurna, un intento por verbalizar la vivencia y sus consecuencias:

Hay días en que lo único que pido es que por amor de Dios no me vaya a doler la úlcera. Ya no pido encontrar buenas noticias en los diarios o en las cartas que recibo o poder escribir algo honorable, ni siquiera recibir dinero de algún lugar, sólo que se me ahorre ese dolor tenaz, renovado, artero, que en el metro, en la oficina, en casa o en la calle con los amigos, me demacra en pocos segundos y me deprime moralmente hasta la misantropía. El dolor físico es el gran regulador de nuestras pasiones y ambiciones. Su presencia neutraliza de inmediato todo otro deseo que no sea la desaparición del dolor. Esa vida que recusamos porque nos parece chata, injusta, mediocre o absurda, cobra de inmediato un valor inapreciable: la aceptamos en bloque, con todos sus defectos, con tal de que se nos dé sin su forma de vileza más baja que es el dolor. Porque éste nos recuerda nuestra miserable condición animal: la del perro atropellado, la de la res en manos del matarife. Sólo cuando se va el dolor nos volvemos exigentes y empezamos a encontrarle peros a la vida. Pero el dolor regresa.

Diciembre de 1965

A su vez, el escritor muestra las bambalinas y el ciclorama de su obra literaria: la emoción al finalizar una novela, el tedio de continuar otra y las dudas al respecto de su profesión. Su diario se convierte en un confesionario, en un diván y en un ajuste de cuentas simul¬táneamente. Elementos enriquecidos con el panorama de la segunda mitad del siglo XX: la reconstrucción de Alemania, la independencia argelina, el mayo del 68 y las noticias de los conflictos sociales en el Perú, siempre presentes a distancia, son algunos eventos que pueden encontrarse comentados a la par de los menes¬teres cotidianos, encuentros y lecturas. Es ahí donde el meteco funda un refugio espiritual, dentro de la introspección y las palabras que le permiten llevarla a cabo. A pesar de ser contemporáneo de una cantidad interesante de exiliados latinoamericanos, Ribeyro es, ante todo, un desertor por designio propio. Al pasar por la vida como una suerte de paria ilustrado, sus opiniones sobre estos temas no se deben a otra cosa más que a su información y conciencia, sin verse tentado a tomar un partido definido. Sin embargo, su voz independiente se ve relegada a su diario cuando Ribeyro toma un puesto en la unesco, en donde asegura que su modestia lo mantuvo a salvo, pues el silencio era primordial para sobrevivir en aquel medio. El viajero y bohemio se convirtió entonces en un padre de familia, con las obligaciones financieras que esto conlleva:

Si no tuviera hijo y mujer, me importaría un pito irme del mundo sin el menor bien, pero no es mi caso. Se me pone la carne de gallina, tiemblo al pensar que mi hijo vaya a sufrir las humillaciones de la pobreza y que mi mujer se encuentre en la indigencia. Si hago un inventario de lo que tengo, se reduce a pocas cosas: 2,000 libros, un escritorio ya viejo y quiñado, un tocadiscos, una máquina de escribir, dos camas, el viejo juego de sillones Crapaud y el gran sofá de cuero, aún no pagado. Cuando pienso en esto, creo que las energías, el tiempo, la concentración, el sacrificio, el empeño puesto en escribir debería haberlo empleado en dejarles a los míos la posibilidad de vivir confortablemente, sin dependencia, libres, en condiciones de hacer lo que quisieran y sin pedirle favores a nadie. Porque sólo así, cuando uno puede pagar el precio de la vida, se puede ser más o menos feliz.

12 agosto de 1977

Cuando la vida misma se vuelve el punto de partida para narrar, el sentido del humor es un bálsamo narcótico necesario para mantener la perspectiva. Ribeyro lo comprende ampliamente, haciéndonos el recorrido amable y elegante. Fueron justamente estas características que me prendaron de las Prosas apatridas (1975) —compendio de escritos íntimos al margen de los diarios— que encontré por azar en la Biblioteca Georges Pompidou de París. Gracias a este texto conocí la existencia de Ribeyro. Por lamentables razones en las que no ahondaré, en estas bibliotecas viene uno a encontrar ejemplares magníficos de autores latinoamericanos que no podemos encontrar en otro lugar. Como no podía llevarme el libro a casa, y no me atreví a esconderlo bajo mi abrigo (a pesar de los signos de inevitable abandono que presentaba), decidí realizar un gesto anacrónico: copiar a mano en un cuaderno los pasajes que atraparon mi atención. Estos me acompañaron como buenos consejeros ante momentos de infamia y frustración. Aquí uno de mis favoritos:

Lugares tan banales como la Prefectura de Policía o el Ministerio del Trabajo son ahora templos délficos donde se decide nuestro destino. Porteros, valets, empleadas viejas con permanente y mitones, son los pequeños dioses a los que estamos irremediablemente sometidos. Dioses funcionarios y falaces, nos traspapelan para siempre un documento y con él nuestra fortuna, o nos cierran el acceso a una oficina que era la única en la cual podíamos redimirnos de alguna falta. Los designios de estos diosecillos burocráticos son tan impenetrables como los de los dioses antiguos y como éstos distribuyen la dicha y el dolor sin apelación. La empleada de Correos que se niega a entregarme una carta certificada porque el remitente ortografió mal una letra de mi apellido es tan terrible como Minerva desarmando a un soldado troyano para dejarlo indefenso en manos de un griego. Muertos los viejos dioses por alguna razón, renacieron multiplicados en las divinidades mezquinas de las oficinas públicas. En sus ventanillas enrejadas están como en altares de pacotilla, esperando que les rindamos adoración.

Ribeyro nos hace parte de sus miedos e inquietudes, astucias, cobardías, lecturas y encuentros. El personaje cambia continuamente de contexto geográfico y económico, pero esto parece ser visto como el resultado de una serie de eventos exteriores que poco tienen que ver con la voluntad o el designio del protagonista. Este modesto aventurero provenía de una familia históricamente importante del Perú, (aunque arruinada por parte paterna) y de la nueva burguesía (por parte materna). El dinero es un tema continuamente abordado en su diario, no solamente en los periodos de gran adversidad material que caracterizan su juventud, sino precisamente cuando esta desaparece, gracias de nuevo al puesto de funcionario internacional. Aquí la comparativa:

Pensaba nuevamente que hay una extraña desproporción entre el esfuerzo acumulado en tantos años —colegio, universidad, lecturas, aprendizaje de lenguas— y las condiciones materiales en las que actualmente vivo. Me parece que merezco un poco más de suerte. Yo solamente pido paz, el tiempo suficiente para escribir, dinero para libros y cigarrillos. Ahora, en el Jardín de Luxemburgo, pasé un día horrible bajo el más hermoso sol de otoño: mi única preocupación era escaparme antes de que llegara la mujer que cobra por el derecho de ocupar una silla. No tenía ni un céntimo en el bolsillo.

¿A quién debo echarle la culpa de todo esto? Todos me parecen inocentes: mi familia que no me envía dinero, el patrón que me echa del hotel, el periódico que no me paga, etc. Si hay algún culpable soy yo, naturalmente. He querido vivir a mi manera, eso es todo.

7 de noviembre de 1956

Durante diez años viví emancipado del sen¬tido de la propiedad, de la profesión, de la familia, del domicilio y viajé por el mundo con una maleta llena de libros, una máquina de escribir y un tocadiscos portátil. Pero era vulnerable y cedí a los sortilegios tan antiguos como la mujer, el hogar, el trabajo, los bienes. Es así que eché raíces, elegí un hogar, lo ocupé y empecé a poblarlo de objetos y presencias… libros que no se quieren leer, discos que no se tiene el tiempo de escuchar, cuadros que no se apetece mirar, vinos que hace daño beber, cigarros que tenemos prohibidos, mujeres a las que se carece de fuerza para amar, recuerdos sin ánimos que consultar, amigos a quienes no hay nada que preguntar y experiencias que no hay forma de aprovechar… esta vida acumulativa termina por edificarse en el umbral de nuestra muerte.

Prosas apátridas

Sírvanse de estos extractos para darse una idea de lo que podemos encontrar a lo largo de la obra diarista de Ribeyro. Podría ahondarse en los temas que abordó, a los personajes que describió (políticos, escritores, amantes), pero eso tendría otros fines. El interés de este bre¬ve ensayo es el de compartir hallazgos y poner un mantel en la mesa. El diario de Ribeyro nos invita a leer a otros diaristas (Léautaud, Anais Nin, Ernst Jünger, Charles du Bos e, incluso, a Charles Bukowski), a disfrutar de la música barroca, los cigarrillos Gauloises (léase Sólo para fumadores, 1987), el coñac, los viajes furtivos y las novelas del siglo XIX francés. Encarar la vida con arrojo y humildad, a escoger (en la medida de lo posible) nuestros propios fracasos y hacer de ellos un triunfo secreto, un fracaso deseable.

Frases
Guillermo de la Mora Irigoyen
  • Escritores invitados

Jalisco, 1989. Cursó estudios de Filosofía en la Universidad de Guadalajara y en La Sorbonne de París. Actualmente traduce literatura francófona y coordina la colección de traducciones de la editorial Moho.

Fotografía de Guillermo de la Mora Irigoyen

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