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08 de octubre del 2016

El hombre, en general, es como un viajero del tren: todas las estaciones que ha pasado le parecen horribles; sin embargo, quiere seguir y pasa por nuevas estaciones; aunque tiene la sospecha de que serán tan desagradables como las otras. Le impulsa un instinto, no una reflexión.

Memorias, Pío Baroja

En la literatura castellana se renueva con inquietante frecuencia la obsesión, más o menos consciente, por lo barroco. El desfile de frases subordinadas, las huestes de comas y un mosaico de imágenes suelen intercalarse a la narración como a un jardín le va creciendo maleza. Singulares son los autores de tradición hispánica que cultivan el estilo llano e irónico, de pocos y precisos adjetivos, así como de descripciones lacónicas de lugares y personajes. Uno de ellos es Pío Baroja y Nessi (1872-1956), escritor vasco-español nacido en San Sebastián, autor de novelas como Las inquietudes de Shanti Andía(1911), El árbol de la ciencia (1911), Zalacaín el aventurero (1908), y muchas otras, así como de tres tomos de Memorias.

No creo que la tendencia estilística de Baroja deba tomarse como mera consecuencia de su formación científica, que la hubo, ni de la influencia de cierta literatura inglesa, sino como el resultado de una visión del mundo, de una estética que conlleva una ética implícita. Lector atento de Schopenhauer, con quien compartía la relegada formación de médico y a quien en parte emuló ensayísticamente en sus memorias, Baroja mantenía una gran admiración por la claridad de pensamiento y una elegancia alejada de la floritura y la retórica. También era un lector de Kant y de Nietzsche, tomando de uno el rigor por el análisis intelectual, y del otro la intuición provocadora. En cuestiones de estilo mantenía como referencia la Introducción al estudio de la medicina experimental, de Claudio Bernard, y El mundo como voluntad y representación, de Schopenhauer.

Sucinta genealogía

Baroja es el tercer hijo de una familia perteneciente a la burguesía ilustrada de San Sebastián. Su padre, Serafín Baroja y Zornoza, siendo un culto y nómada ingeniero de minas, fue hijo a su vez del editor y periodista —también llamado— Pío Baroja.

El haber nacido junto al mar me gusta; me ha parecido siempre como un augurio de libertad y de cambio. Yo era el tercer hijo de la casa. Esto parece no tener importancia, pero siempre tiene alguna, porque la tercera decisión para hacer cualquier cosa siempre es una repetición, a veces aburrida.1

Baroja veía a su padre como una suerte de bohemio dentro de la industria minera, que además de ejercer en ocasiones la literatura y el periodismo, buscaba siempre pretextos para cambiar de residencia: “Nunca tuvo sentido práctico; creía que eso de ganar dinero era una broma que no valía la pena”.2 De su madre, Carmen Nessi y Goni, guarda este recuerdo: “Había algo en su silueta de estampa italiana, y en su espíritu, algo de mujer educada en un ambiente protestante y puritano. Para ella, evidentemente, la vida era algo serio, lleno de deberes y poca alegría”.3

Esta herencia materna, de cierto abolengo marinero, lo lleva a explorar el ambiente de Shanti Andía, en donde un cándido joven zarpa a los confines del mundo tras ser decepcionado por su primer amor. Una suerte de Barry Lyndon vascuence.

Tuvo dos hermanos mayores y una hermana menor. El primogénito, Darío, muere de tisis en su juventud, mientras que Ricardo, el segundo en edad, se convierte en pintor y escritor. Su hermana Carmen contraerá nupcias con su futuro editor Rafael Caro Raggio.

La universidad de la melancolía

Tras pasar su familia una temporada en Pamplona, su padre es nombrado ingeniero en jefe de minas de la ciudad de Vizcaya. Manda a su familia a Madrid bajo la tutela materna, en donde los varones se preparan para ingresar a la universidad. A pesar de ser Pío ya un lector de literatura y filosofía, con preferencia por Schopenhauer, Poe, Dostoievski, Tolstói, Ibsen y Nietzsche, toma el camino de la medicina para realizar sus estudios superiores. En Madrid será testigo de la inmigración empobrecida del campo a la ciudad, que se amontona en barrios populares. Más tarde se inspirará en estos tipos humanos para su trilogía La lucha por la vida: La busca (1904), Mala hierba (1904) y Aurora roja (1905). Matriculado ya en la Escuela de Medicina de Madrid, tendrá agrias experiencias como alumno ante los médicos-profesores consagrados de esta universidad. La desilusión por el ambiente académico y científico de su época, aparejada con el decaimiento colonial del imperio español (perdiendo Cuba y Las Filipinas ante los Estados Unidos en los últimos años del siglo XX), enmarca la atmósfera de su novela El árbol de la ciencia. La decadencia política, la precariedad científica y económica de España, se ven retratadas bajo un matiz schopenhaueriano; crítico de los pueblos y sus costumbres.

Tras recibirse —con cierta dificultad—como doctor con una tesis sobre el dolor, decide postular a una plaza de médico en Cestona, que le es concedida sin problema por falta de concurrencia. En menos de un año logra enemistarse con las personas influyentes del lugar, por lo que renuncia al puesto. Decide dedicarse a escribir.

Andrés Hurtado, el personaje principal de El árbol de la ciencia, encarna la decepción barojiana de su entorno vital, narrando la desangelada cotidianidad de un médico de provincias aquejado por la melancolía y la alopecia. En Las inquietudes de Shanti Andía puede encontrarse un rasgo escéptico, sobre todo en lo que atañe a las relaciones humanas y su perfecta incomprensión. Se asoma, sin embargo, un hálito de galantería y caballerosidad como forma de hacer frente a los inevitables tropiezos mundanos. Se desprende en la narración una nostalgia aristocrática consciente de su pronta finitud, reemplazada inevitablemente por los dinámicos embates de la modernidad.

Panadero bohemio

En 1896 regresa a Madrid, en donde, junto con su hermano, intenta sacar adelante un negocio familiar: la panadería Viena Capellanes. La intención de ambos hermanos —tener un trabajo de medio tiempo para poder dedicarse a las artes— da escasos resultados. En cosa de un año deciden ceder el negocio para dedicarse de lleno a la escritura y a la pintura, respectivamente.

Yo, para fines de 1898, vi claramente que no podía hacer nada nuevo en aquella industria, ni mejorarla, sin darle otro carácter. La vida burguesa no me producía el menor entusiasmo… Había sido médico de pueblo, industrial, bolsista y aficionado a la literatura. Había conocido bastante gente. El ir a América no me seducía. Llegar a tener dinero a los cincuenta años no valía la pena para mí. Quería ensayar la literatura. Yo comprendía que ensayar la literatura daría poco resultado pecuniario, pero mientras tanto podía vivir pobremente, pero con ilusión. Y me decidí a ello.4

En esos años en Madrid se gestó la llamada Generación del 98, donde Azorín, Unamuno, Valle-Inclán y Vicente Blasco Ibáñez, entre otros, hacían de presentadores de la literatura española que mudaba de siglo. Baroja guarda en sus memorias una variedad de recuerdos e impresiones de estos personajes; es un observador —en ocasiones implacable— de sus contemporáneos. De Unamuno decía que era un monólogo andante, de Valle-Inclán, con quien tenía encuentros y desencuentros, que su literatura nunca llegó a interesarle, y de Blasco Ibáñez, el de representar a sus ojos “el hombre sin atributos”. Parece albergar por Azorín una consideración especial, calificándolo de sincero y empático, cosa rara, a los ojos de Baroja, en un escritor español. He aquí unos ejemplos:

Yo creo que Unamuno no hubiera dejado hablar por gusto a nadie. No escuchaba. Le hubiera explicado a Kant lo que debía ser la filosofía kantiana; a Riemann o Poincaré lo que era la matemática; a Planck su teoría de los quanta y a Einstein la de la relatividad; a Frobenius la etnografía del África y a Frazer los problemas del folklore.5

Creía que las cosas eran de una simplicidad extraordinaria, y que de esta simplicidad nadie se había dado cuenta hasta que él la había advertido. Unamuno tenía salidas de aldeano de mala intención.6

Unamuno era un hombre clásico de tertulia de Ateneo, como se dan muchos en España. También lo era Valle-Inclán y otros de menos importancia. A estos hombres se les da un crédito ilimitado y se les autoriza todo. Esto en el Ateneo de Madrid debía ser lo habitual. Ejercían un cacicazgo despótico.7

Se dirá que no he visto en Blasco (Ibáñez) más que los lados malos. Son los que advertí en él como persona.8

Expatriado, viajero, memorialista

Durante la Guerra Civil Española, Baroja se exilia en Francia. Primero en París, ciudad en la que habría de pasar temporadas en distintos períodos de su vida, y luego en Bayona. A pesar de considerarse liberal, albergaba poca esperanza en la República Española. A sus ojos, se encontraba dirigida por un bando improvisado e incapaz de llevar acabo las funciones regulares de un Estado.

No creí en la posibilidad en España de una República tranquila, discreta. Es decir, no he creído que arraigaría, y menos si tomaba un carácter anticlerical y medio socialista. No consideraba esta idea mía como un mérito, ni como un descubrimiento, sino como una pequeña intuición individual, consecuencia de vivir aislado y de ver los asuntos públicos con los ojos de la cara, como algo lejano a mí…9

Cuando vino la República, lo natural y lo eficaz hubiera sido formar un gobierno fuerte, que hubiera preparado reformas relativamente modestas, y las hubiera realizado despacio y con orden. Pero los políticos y los oradores necesitaban el escenario para lucirse. Todos ansiaban que llegara el momento de brillar, de mostrar su arte de histrionismo, y enseguida se prepararon las cortes, y después una Constitución un poco utópica y pedantesca.10

En París lleva al principio una vida desocupada, en donde intenta cortejar sin éxito a una dama rusa que comparte edificio con Henri Bergson. Se habitúa a la vida de los cafés capitalinos y es testigo de la masiva movilización de población francesa hacia el sur. Ante la inminente llegada de las tropas alemanas a la capital francesa en 1940, busca refugio en Bayona. “Por todas partes asomaban grupos de gente que dejaba sus casas, cargados con lo indispensable de sus ajuares, mirándose unos a otros de soslayo, con miradas recelosas, como si en toda persona que se les acercase creyeran descubrir a un espía”.

Le tienta la idea de ir a América vía Le Havre, pero abandona el proyecto a falta de boletos disponibles. Decide regresar a España, donde sondea su condición ante la dictadura franquista. Con la ayuda de un salvoconducto de García Morente (filósofo kantiano convertido en clérigo, autor de las famosas, como sumamente soporíferas, Lecciones preliminares de la filosofía, de 1938) consigue volver sin problemas. Después de todo, ya era considerado Baroja desde 1935 miembro de la Real Academia Española.

Desde la última vuelta del camino

Después de asistir a la reinauguración de la Academia Española en Salamanca en 1941, se dirige a Itzea, en el País Vasco. Allí tiene una propiedad familiar, que le sirve de plataforma para escribir sus memorias, que publica semanalmente en una revista madrileña. Éstas versan sobre los hechos relevantes de su biografía, intercalados con ensayos más o menos estructurados sobre temas como la intuición, las costumbres de los pueblos, reflexiones sobre la curiosa naturaleza humana y descripciones sobre personajes y eventos históricos que le interesan. Aquí se aprecia de nuevo el gran influjo de sus lecturas de Schopenhauer, pues aborda los temas con una estructura clara y simple, nunca lejos de la mueca irónica. Manifiesta una sorpresa con respecto al deseo ciego del hombre por perpetuar su existencia y la de su especie, a la mezquindad congénita que suele aparejar sus actos, así como a la intermitente belleza que siempre encuentra lugar en el extraño paraje de la vida.

Regresaría a Madrid años más tarde, donde podía vérsele en el Café Gijón, lugar mítico para la intelectualidad española desde finales del siglo XIX, y de eterno paseante en el Parque del Retiro. Francisco Umbral nos comparte una imagen sobre este personaje: “Paseaba con una boina que no llegaba a chapela, una bufandilla, un abrigo viejo y unas botas. Por cierto que la derecha se le torcía hacia dentro, pues era uno de esos hombres de pisar un poco simiesco, que esconden levemente la punta de un pie”.

Murió en aquella ciudad en 1956, afectado por la arterioesclerosis. No se casó nunca ni tuvo descendencia. Un pesimista sensato al final del camino.

Influencias, confluencias y detractores

Si hablamos del legado estético y formal de Baroja en sus contemporáneos, encontraremos a Camilo José Cela como uno de ellos, quien incluso escribió Recuerdo de don Pío Baroja para realizar un análisis de la vida y obra del escritor. Califica allí al oriundo de San Sebastián como “escritor diáfano e inmediato, escéptico y tierno, humilde y decente, íntegro y burlón”. Incluso cuenta que cuando Cela buscó que Baroja le prologara su libro La familia de Pascual Duarte, éste le contestó: “Si usted quiere ir a la cárcel, vaya solo; yo ya no tengo edad para que me lleven a la cárcel. Yo no le hago el prólogo porque no tengo ganas de ir a la cárcel, ni con usted ni solo”.

También tenía como gran admirador a Hemingway, quien sin duda se sentía inclinado a los aventureros que describía en Zalacaín el aventurero, o a la biografía del condotiero de su tío materno titulada Biografía de un hombre de acción. A ambos se les vio en su funeral, formaban parte del laico cortejo.

Detractores también los tenía, como el escritor cubano Alejo Carpentier y el periodista Francisco Umbral, que le reprochaban, sobre todo, la falta de cuidado que Baroja dejaba entrever de cuando en cuando en sus textos, improvisando funciones idiomáticas o cometiendo errores sintácticos.

Una opinión bastante equilibrada de la obra de Baroja también puede encontrarse en Ortega y Gasset, quien dedicó un ensayo largo a sus memorias en El espectador. Aquí se muestra una impresión rica, aunque ambivalente de la obra del vasco, pues comparte poco su estética pesimista y la tendencia al improperio; pero detecta una búsqueda de la veracidad espiritual del hombre, aunque el resultado no sea muy halagador. En su ensayo “Una primera vista sobre Baroja” (1909) plantea, por ejemplo:

Su obra es un tratado completo de la indignidad del hombre. Uno de los contadísimos escritores a quien Baroja admira es Nietzsche. ¿Por qué? ¡Es tan raro que Baroja admire! Pues se debe a que Nietzsche ha descubierto “el ideal del superhombre”, que, en su opinión, es “el carnívoro voluptuoso errante por la vida”. Esto quisiera Baroja, y ya que no lo es, sino todo lo contrario, un asceta calvo, lleno de bondad y de ternura, que deambula calle de Alcalá arriba, calle de Alcalá abajo, aspira a completarse construyendo personajes que se parezcan a su ambición.11

En cuanto a la ética-estética de Baroja, señala: “La expresión de Baroja, privada de rotundidad y de deleite, lo mismo que su impresión de la vida, es la prosa ideal para que en ella fluya una de las más delicadas maneras de ser hombre: la sinceridad”.12

Posteridad o lo que sea

Pensando en los trazos más actuales de la influencia de Baroja, me viene inmediatamente a la mente la obra de Jorge Ibargüengoitia. En ambos se encuentra la noción del hombre como un ente caprichoso y un tanto ridículo, que sin embargo colorea su haber con lo que tiene a la mano. Además, existe en ambos el gesto irónico que necesita pocos elementos para manifestarse, como si fuese inevitable revelarlo a las primeras de cambio. Puede que algo tenga que ver la región de origen, pues Ibargüengoitia es una suerte de vasco-guanajuatense, hijo también de una alcurnia apagada en el bajío mexicano. El Negro de Dos crímenes, Aldebarán de Estas ruinas que ves, así como el General Arroyo de Los relámpagos de agosto, empatizan con los personajes tragicómicos dibujados por Baroja, pues nos comparten su mirada picaresca de un mundo que oscila entre lo absurdo y lo ridículo. A pesar de no poseer una mención directa del guanajuatense sobre Pío Baroja, sospecho que la concordancia de ambos no es gratuita.

Otro personaje de la literatura contemporánea que se asemeja tanto estilística como filosóficamente a Baroja, es Enrique Vila-Matas. Esto lo intuyo, sobre todo, por la forma que tiene el catalán de acercarse al humor, que consiste en otorgar un hálito de extrañeza a todo lo que atañe a los actos, por no decir una estupidez continuada. A pesar de diferenciarse (Baroja describe al hombre con “poca sorpresa”, y Vila-Matas con una “renovada sorpresa”), ambos destilan extrañeza en el comportamiento humano; ajeno, perenne, de una visión ordenada y racional de las cosas. En ambos esta rareza se convierte en materia lúdica, y sobre todo, en un horizonte.

  1. Citas extraídas de Memorias: desde la última vuelta del camino, Tusquets Editores, Barcelona,2006.

  2. Citas extraídas de Memorias: desde la última vuelta del camino, Tusquets Editores, Barcelona,2006.

  3. Citas extraídas de Memorias: desde la última vuelta del camino, Tusquets Editores, Barcelona,2006.

  4. Citas extraídas de Memorias: desde la última vuelta del camino, Tusquets Editores, Barcelona,2006.

  5. Citas extraídas de Memorias: desde la última vuelta del camino, Tusquets Editores, Barcelona,2006.

  6. Citas extraídas de Memorias: desde la última vuelta del camino, Tusquets Editores, Barcelona,2006.

  7. Citas extraídas de Memorias: desde la última vuelta del camino, Tusquets Editores, Barcelona,2006.

  8. Citas extraídas de Memorias: desde la última vuelta del camino, Tusquets Editores, Barcelona,2006.

  9. Citas extraídas de Memorias: desde la última vuelta del camino, Tusquets Editores, Barcelona,2006.

  10. Citas extraídas de Memorias: desde la última vuelta del camino, Tusquets Editores, Barcelona,2006.

  11. Citas extraídas de “Confesiones” de El espectador, Revista de Occidente, Madrid,1946.

  12. Citas extraídas de “Confesiones” de El espectador, Revista de Occidente, Madrid,1946.

Frases
Guillermo de la Mora Irigoyen
  • Escritores invitados

Jalisco, 1989. Cursó estudios de Filosofía en la Universidad de Guadalajara y en La Sorbonne de París. Actualmente traduce literatura francófona y coordina la colección de traducciones de la editorial Moho.

Fotografía de Guillermo de la Mora Irigoyen

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