Mujeres
30 de octubre del 2018

Pensar en mujeres que aspiran al poder nos remite obligatoriamente a intentar explicar las condiciones y el complejo contexto en el que se desenvuelven las relaciones de poder. La transición de un nuevo gobierno en nuestro país podría significar un cambio en las políticas de género en beneficio de la población mexicana. Puede hacer que las mujeres accedan a espacios de toma de decisiones.

Hace un par de días tuve el honor de presentar el libro del Doctor Sixto Moya, Pasión disruptiva (2018). El libro es un retrato de Juana Inés de Asbaje y Ramírez, conocida como sor Juana Inés de la Cruz. En el foro discutimos la importancia de acceder al conocimiento y el derecho de las mujeres a pensar y a que reconozcan nuestro pensamiento. Parece sencillo, pero lo cierto es que lograrlo es sumamente difícil, sobre todo en los áridos terrenos del poder y la política.

Los hombres del poder pretenden seguir utilizándonos, se rehúsan a cumplir con los principios de paridad del nuevo orden mundial. Y la situación se acentúa más en las entidades federativas donde la voz todopoderosa de los gobernadores no da cumplimiento a gabinetes inclusivos porque no quieren ceder el poder, ni mucho menos compartirlo con mujeres. Sólo tenemos una gobernadora en la actualidad y su gabinete tampoco es paritario. No les parecemos lo suficientemente capaces ni merecedoras de ejercerlo aunque ganen con nuestros votos y activismo.

Por eso, hay mujeres disruptivas que han abierto el sendero en la búsqueda de la igualdad. En el Virreinato, sor Juana Inés de la Cruz se convirtió en la monja rebelde. Su vida es inspiradora por si sola y Sixto Moya nos revela no a la poeta de los sonetos, sino a la mujer de poder. La joven deseosa de adquirir conocimiento e ingresar a la universidad al igual que los hombres de su época.

Este libro está lleno de finos detalles, nos hace replantearnos al personaje de estrategia, de gran valentía y diferente que fue sor Juana Inés de la Cruz para las mujeres de su tiempo. Estaba dotada de una intuición y una inteligencia de proporciones desconocidas hasta ese entonces en una mujer de la Nueva España. Desde ese enfoque el libro nos describe a la religiosa que logra tener una enorme influencia en el Virreinato, ya que manejaba el dinero, y quien maneja el dinero tiene poder. Escribe Sixto Moya en su libro: “Aprendió que su transformación no dependía más que nadie de ella y que ella, transformándose podía transformar lo que ve y más, que siempre puede transformarse a sí misma y lo que le rodea. No hay duda, hay que avanzar. Sea lo que sea. Si hay que pensar en el poder, se piensa, si hay que querer poder, se quiere; si hay que tener dinero, se busca; si para eso hay que ser hombre, se es. ¿Qué puede ser limitante para tener dinero y dinero para tener poder?”.

Octavio Paz se refiere a ella diciendo que tuvo el poder como ninguna mujer de la Nueva España, que lo disfrutó y lo fortaleció con su insistencia; deseaba abrir las puertas que se le cerraban. Quería abrirlas a toda costa y eso hizo siempre: “Pagó el precio de tener poder siendo mujer, inteligente, audaz que viene de abajo y está decidida a ocupar un lugar relevante en un mundo cerrado”.

Ahora es necesario trasladar el escenario de sor Juana Inés de la Cruz a la realidad de muchas mujeres que ambicionan poder, una ambición justa, como la de los hombres: participar en la toma de decisiones. No buscamos matrimonio, buscamos la realización personal, el conocimiento, el reconocimiento de nuestro pensamiento; buscamos el derecho a decidir, a participar y al influir en el poder. No queremos que se nos utilice como regularmente pasa en las campañas políticas. Los hombres aún nos temen. Siguen necios, ridiculizando y abusando de la mujer.

Los escenarios, aunque con diferentes elementos, no son tan distantes. Pero algunas cosas han cambiado. La participación política de las mujeres es reciente y con muchas resistencias. Apenas se logró la paridad en el Congreso, pero las violencias machistas continúan todos los días en las calles, en el metro, en los puestos directivos (que siguen perteneciendo a hombres), en las columnas de los diarios de mayor circulación (en donde predominan los hombres). Mujeres políticas que se mimetizan con elementos masculinos para obtener el respeto de los hombres cada vez hay menos, por fortuna. Pero siguen habiendo casos.

A las mujeres el poder también nos gusta, nos atrae, lo buscamos. No venimos a bordar ni a tejer, mucho menos a concebir la maternidad como un fin. Queremos el poder y estamos seguras que podemos ejercerlo bien y para el bien. Como la de sor Juana Inés de la Cruz, las voces de las mujeres siguen el camino para que sean escuchadas. Mary Beard, en su libro Mujeres y poder, nos describe lo que sucedía con esas voces en la antigüedad:

Aristófanes dedicó una comedia entera a la “hilarante” fantasía de que las mujeres pudieran hacerse cargo del gobierno del Estado. Parte de la broma consistía en que las mujeres no podían hablar en público con propiedad, o más bien que no podían adaptar su charla privada (que en este caso estaba centrada básicamente en el sexo) al elevado lenguaje de la política masculina. […] Júpiter convirtió en vaca a la pobre Ìo para que tan sólo pudiera mugir, no hablar; mientras que la parlanchina Eco es castigada a que su voz no sea nunca la suya, a ser un simple instrumento que repita las palabras de los demás.

La voz de las mujeres ha intentado ser silenciada siempre. Cuando las mujeres han logrado emitir posicionamientos en el discurso público se les encasilla a temas específicos de género. Podemos decir que la participación política y el acceso al poder sigue en constante proceso porque nuestros convencionalismos culturales de persona poderosa continúan siendo masculinos. En la lista de las veinte personas poderosas del mundo de la revista Forbes 2018 aparece sólo una mujer, Ángela Merkel, canciller de Alemania. Una mujer empoderada que pensaríamos se ha ganado el respeto del mundo ha sido el blanco de notas periodísticas misóginas, y todo por atreverse a usar un escote “pronunciado” para una canciller (¡cómo si a los hombres de poder les hicieran una nota por usar pantalones ajustados que realcen sus glúteos!). Fotos suyas de un supuesto desnudo en la playa cuando era joven han provocado una ola de comentarios poco serios en internet.

Clara Serra, filósofa, política, feminista y diputada en la Asamblea de Madrid publicó este año su libro Leonas y Zorras, un documento de estrategias políticas feministas para, precisamente, llegar al poder y saber qué hacer una vez que se obtiene. La destaco porque su análisis me parece valioso al describir de forma precisa qué es lo que sucede cuando las mujeres participamos en una campaña política y simplemente se nos utiliza para las fotos, para el discurso de “inclusión femenina”, pero cuando llega la hora de repartir el poder, no existimos:

Los hombres de la izquierda permanentemente encierran a las feministas: compañeras necesarias de viaje que siempre están ahí, dedicadas a sus cosas, que tienen muy claros sus principios y sus ideales, pero que no tienen mucho que aportar a la hora de pensar cómo tomamos el poder. Si algo define más claramente que ninguna otra cosa nuestra exclusión del campo de la política es que ni estamos ni se nos espera a la hora de pensar cómo ganar.

La autora justifica el título de su obra en Maquiavelo, el consejero político más famoso de todos los tiempos, quien afirma en un célebre pasaje que “los príncipes o gobernantes deben saber imitar, de entre todos los animales, al león y a la zorra, porque sus respectivas virtudes son imprescindibles para la política”. Nos dice Clara Serra:

¿Qué pasa, sin embargo, cuando las mujeres —olvidadas por Maquiavelo, la política y la historia— reclamamos también ser leonas y zorras? Que el título de este libro tenga algo de escandaloso e incómodo tiene del todo que ver con la exclusión de las mujeres de la esfera pública y del ejercicio de la política, cuyos pilares —la fuerza del león y la persuasión de la zorra— han quedado fuera de nuestro alcance.

Volvamos a lo que sucede con la voz de las mujeres. Es el derecho a tener voz el que reclamamos, pero no puede existir la voz sin el pensamiento, por eso también reclamamos que se nos reconozca el derecho a pensar. Somos capaces de formular la estrategia y no sólo su aplicación, de disputar el poder desde el debate público y no desde percepciones patriarcales.

Estamos en el mejor momento, donde la agenda internacional es la agenda de las mujeres. Donde los ejemplos de gobiernos paritarios comienzan a ser una realidad. Pedro Sánchez en España presentó un gabinete histórico que ha dado muestra al mundo de la inclusión de las mujeres en espacios de decisiones y en el acceso al poder; el primer ministro de Canadá, Justin Trudeau, y el presidente de Francia, Emmanuel Macron, hicieron lo propio con antelación. En México, Andrés Manuel ha presentado a las mujeres clave en su gabinete: una integración paritaria. La Cámara de Diputados, en un hecho nunca visto en la política mexicana, también lo estará. Nos encontramos en un escenario lleno de expectativas, en el que la Historia tendrá un giro por demás interesante. El derecho a pensar y el acceso al poder por parte de las mujeres parecen concretarse, aunque la igualdad continúa en construcción.

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