Columna Semanal
11 de marzo del 2016

El gusto por la lectura no es el resultado de unos cuantos meses, ni la animación de la lectura termina ahí, cuando un niño, joven o adulto empieza a leer por voluntad propia. El hábito de leer sólo se contagia leyendo y el gusto por la literatura sólo se transmite desde el corazón de un buen lector.

La escasez de lectores en nuestro país es un tema que debería ser considerado por las autoridades como un problema de urgente solución, y que necesita ser resuelto con prácticas eficientes. En una encuesta realizada en el 2014, México obtuvo el penúltimo lugar en el consumo de lectura de 108 países. En el 2015, el promedio de lectura al año es de 3 a 5 libros, según los datos de La Encuesta de Lectura y Escritura 2015, estudio realizado por el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (Conaculta). La creación de nuevas bibliotecas, espacios de lectura, así como las multiplicadas ediciones de libros, no harán por sí mismas, ni mejores, ni nuevos lectores. Pero, ¿por qué el hábito de la lectura habría de considerarse importante?

Cuando cumplí diez años, mi madre me regaló mi primer libro de cuentos. Era un bello libro de pasta dura, algo voluminoso y decía: Cuentos Rusos. La imagen que lo ilustraba era de un hombre caminando sobre la nieve en alguna avenida llamada San Petersburgo. Ese día yo miré, un poco decepcionada, aquel regalo. Lo dejé en el librero y no lo abrí sino hasta dos meses después, cuando mi tía me hizo compañía y me leyó en voz alta. Imaginaba esa otra ciudad con sus rayos de sol atravesando las ramas de los árboles atiborrados de pequeños copos de nieve.

Cuando abrimos un libro, no sólo leemos palabras, sino que construimos significados; leer nos permite desarrollar nuestra imaginación, nuestra memoria. La lectura es como un barco en donde, nosotros como viajeros, exploramos nuestro mundo interior, nos enfrentamos con nuestros instintos más ruines, pero también llegamos a reconocer nuestro lado más humanitario. Leer nos lleva a conocer nuestros estratos más profundos del alma. Pero estos beneficios sólo podrán ser reales cuando el lector sostenga entre sus manos el libro indicado y éste pueda despertar en él la curiosidad por las letras.

Las bibliotecas existen para ser habitadas por libros que, a su vez, buscan lectores que los salven del polvo y del olvido. Pero los lectores sólo llegarán cuando en las escuelas y en los hogares también se fomente la lectura. Es absurdo esperar que los programas de animación a la lectura hagan todo el trabajo. Siempre he tenido la certeza de que el mejor intermediario entre un libro y un lector, es otro buen lector. Los profesores deben dar el ejemplo de ser lectores ávidos y apasionados que contribuyan a que el alumno entienda mejor un texto y, al mismo tiempo, transmitir el agrado por la lectura. El intermediario debe saber que la lectura es una transición de lo sencillo a lo complejo (lecturas fáciles a lecturas que requieren habilidades de comprensión más profunda), y que él está ahí para guiarlos.

A los lectores nos gustaría que todas las casas albergaran libros que motivaran a las personas a buscar más lecturas; sin embargo, es una realidad muy triste tener que combatir todavía con las creencias populares de que la literatura no es más que un pasatiempo que distrae de otras tareas esenciales. O, por el contrario, las creencias extremistas que suponen que al leer, en automático, uno se convierte en sabio. Es cierto que al leer literatura desarrollamos habilidades como la imaginación, la escritura, el pensamiento crítico, pero también es cierto que esto se logra con dedicación y paciencia. Nuestro reto es hacer que las personas tomen un libro por su propia voluntad.

Creo que el corazón de un buen lector sabrá identificar que la literatura no se reduce a una lectura silenciosa, sino a la búsqueda del diálogo con el otro. Busquemos, pues, a otros más. Los talleres de escritura son también proyectos de formación lectora. Nunca hay que olvidar que la escritura es una forma de re-lectura y re-escritura del mundo. No sólo se trata de formar personas que lean, sino de lectores letrados, tal como lo dice Felipe Garrido en su libro El buen lector se hace, no nace. No hay que conformarnos con alfabetizar, hay que esforzarnos en desarrollar habilidades de lecto-escritura, sensibilizar a partir de la expresión escrita.

Y finalmente traeré las palabras de Felipe Garrido: “Los libros y las bibliotecas no deberían quitarnos el sueño: son fáciles de multiplicar. O, por lo menos, mucho más fáciles de multiplicar que los lectores. Preocupémonos por formar lectores. Lo demás nos será dado por añadidura”.

Perla Muñoz
  • Consejo editorial

Oaxaca de Juárez, 1992. Escritora y cuenta cuentos.

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