Japón
29 de enero del 2017

Hace unos meses me cité con el escritor suizo Roland Jaccard en el segundo piso del Café du Flore en París. Le había escrito un par de correos en donde le hacía preguntas sobre Cioran, con quien cultivó una relación cercana durante décadas. Sus respuestas electrónicas, además de amistosas, eran bastante lacónicas, pues contenían tácitamente el mismo mensaje: “Un día de éstos nos veremos cara a cara y podremos charlar tranquilamente del tema”.

En fin, la cita se confirmó y me vi de nuevo en un París radiante de sol, con pocas monedas en la bolsa y realizando complejas faenas para lograr conseguir alojamiento diario con amistades (las porteras en París pueden llegar a competir con la maligna astucia de la Gestapo). El mismo día de mi llegada, un 14 de julio, fui amenazado en la madrugada con un cuchillo por una banda de adolescentes africanos, a los cuales por fortuna pude evadir. No era yo un invitado, sino una víctima en potencia en aquella ciudad maldita; sin embargo, no me quedaba más que ofrecerme al sacrificio en traje de gala.

La voz de Jaccard podría ser fácilmente tomada por la de un locutor de radio; articula pausadamente las frases y entona la última sílaba de la oración. Cuando lo vi subiendo las escaleras del Flore (donde podría ya considerársele como parte de la decoración) se presentó en un estilo sobrio y sofisticado a la vez: hombre delgado, alto, portando gafas negras y sombrero, emanando una poderosa juventud septuagenaria. Entendí a lo que Cioran se refería cuando le escribió alguna vez: “Usted es poseedor de una elegancia incurable”.

Hablamos al principio de quien fue su mentor espiritual y gran amigo. Yo me había dejado fascinar por la imagen del filósofo rumano desde hace algunos años, y buscaba encontrar testimonios vivos que pudieran darme información de primera mano sobre este refinado bufón metafísico. Roland confirmó mis sospechas: Cioran era un gran conversador y poseedor de un sentido del humor privilegiado. Cuando le pregunté si alguna vez lo había visto iracundo, me comentó que una de las pocas ocasiones en las cuales vio al nacido en los Carpatos perder los estribos, fue cuando un filósofo universitario pidió que le dedicara sus libros y discutir “seriamente” sobre ellos.

Jaccard no había sino encarnado estas actitudes, pues ambas personalidades combinan armónicamente la estética de lo negativo con la ligereza de espíritu y la ironía alegre. Ambos fueron admiradores de Weininger y de la Viena que sucumbía a los embates de la historia (la madre de Jaccard era austriaca) y como testimonio le rinde un homenaje a la antigua capital del imperio Austro-Húngaro en su ensayo Retour à Vienne, en donde mezcla su autobiografía con la exploración de la Viena de mediados y finales del siglo xix. Rápidamente se unieron a la mesa otros invitados ausentes, como Schopenhauer (en el lugar de honor), así como Albert Caraco, Clément Rosset, Peter Bichsel y Frédéric Schiffter.

Hablamos un poco de todo, incluso de mujeres. A él le gustan las asiáticas, sobre todo las japonesas, ¿será a causa de sus esbeltos cuerpos, su feminidad infantil o acaso por su equívoco refinamiento erótico? Para su suerte, un número importante de estos especímenes pasean por París con ojos enamorados de perfectas víctimas (o en las alas de los hospitales psiquiátricos, por depresión nerviosa). Su amor por la cultura nipona llegó a tal extremo que se lanzó a la tarea de escribir un manga que narra la historia de amor entre un escritor dandy de cabellos blancos (George) con una joven estudiante japonesa, llamada Keiko. La autobiografía se encuentra apenas disimulada. En el relato, todavía inédito, se rescata la figura de Richard Brautigan, otro escritor niponófilo de origen estadounidense a quien conoció en la Keio Plaza de Tokio.

Con la pérfida complicidad fotográfica de Romain Slocombe, Jaccard publicó en la editorial Zulma una selección de sus diarios íntimos; donde se intercalan imágenes de jóvenes colegialas niponas con agridulces reflexiones sobre las relaciones humanas, por ejemplo:

De las mujeres siempre había esperado a que me traicionaran, esta traición yo la buscaba; aunque fuese para confirmar la siniestra opinión que ellas me inspiraban. ¡Cómo cargamos con ideas falsas! La complicidad más tierna, la amistad más atenta, ellas me la habían prodigado generosamente, mientras que yo me obstinaba en decepcionarlas. Avaro con mi tiempo, avaro con mi sexo, no les había otorgado más que lo superfluo.

Yo era libre, ciertamente, pero se trataba de aquel tipo de libertad que pesa demasiado, y que cambiaría gustoso por las cadenas de un amor compartido.

Se necesita una gran sutileza para comprometerse sin por ello privar ni privarse de la libertad. La fidelidad es a la vida emocional lo que la uniformidad es a la vida intelectual: un simple testimonio del fracaso.

De Cioran al manga, del Flore al Chez Yushi, de la metafísica del ping-pong a Les invasions barbares, del suicido en un castillo al encanto de las piscinas, esos fueron los tópicos fugaces de mi encuentro con Roland. La próxima vez hablaremos de Viena.

Frases
Guillermo de la Mora Irigoyen
  • Escritores invitados

Jalisco, 1989. Cursó estudios de Filosofía en la Universidad de Guadalajara y en La Sorbonne de París. Actualmente traduce literatura francófona y coordina la colección de traducciones de la editorial Moho.

Fotografía de Guillermo de la Mora Irigoyen

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