Columna Semanal
20 de julio del 2016

En esta ocasión, debido a los problemas que atraviesan las huma­nidades en el mundo en el que vivimos, comparto unas citas del ilustre oaxaqueño José Vasconcelos, que hablan del papel del maestro y el libro en la trasmisión del co­nocimiento y la importancia de estos elementos para crear una sociedad más justa, con individuos más conscientes de sus derechos y deberes:

*Figuras de maestras que pasan por mi memoria en vagos desfiles que el ensueño deslíe, rostros que pudieron ser de novias, que pudieron ser de amantes, pero se han alejado, y ya sólo son de hermanas. Maestros caducos y vencidos, que son tantos y están abandonados por todos los pueblos y ciuda­des. Maestros jóvenes que afanan y sueñan, hermanos en la lejanía de lo que se va volviendo el pasado; cada vez que yo pienso en la patria serán ustedes los que le pres­ten rostros. Será, también, en ustedes, donde ponga la fe que vacila y no halla sitio donde asentarse.

*Lo digo sin reservas y seguro de que no diré lo mismo mañana de otra clase social; si no fuese por el alma cristiana y ejemplar de los maestros, ya hace mucho tiempo que no tendría fe en la patria.

*El buen maestro ha de ser un tanto loco, porque si fuera cuerdo, cuerdo y honrado, tal vez se pegaría un tiro. El buen maestro tiene que poner confianza en la generación venidera, si la actual la ve perdida. El buen maestro, aunque carezca de fe, ha de inspirarse en una especie de sentido de limpie­za, que condena la mentira y repudia la maldad. Y ya sea fríamente, con la fría lucidez implacable de un gran dolor o con el cálido entusiasmo de una pasión radiante, el maestro tiene que ponerse a revisar todos los valores sociales, tiene que retroceder a los comienzos, tiene que desgarrar la historia para rehacerla, como va a rehacer a la sociedad. Rehacer la moral, rehacer la historia, sólo así podrá evitarse que los niños de hoy repitan mañana las historias del día.

*La revolución pueden prepararla determinadas leyes de reglamentación de la riqueza o de organización del trabajo; pero sólo los maestros pueden consu­marla, infundiendo en los espíritus la noción clara de los principios, sin alianzas con personalismos que los degradan, sin transacciones de conveniencia personal, que los corrompen. Sólo los maestros pueden crear esta generación salvadora, esta generación realmente revolucionaria, que ya no va a endiosar a los hombres, sino a exigir que se cumplan las leyes; que ya no va a jurar lealtad a los caudillos, sino lealtad a los principios, aun cuando por guardarlos se tenga que reñir con todos los hombres.

*Por lo demás, escribir libros es un triste consuelo de la no adaptación a la vida. Pensar es la más intensa y fecunda función de la vida; pero bajar del pensamiento a la tarea dudosa de escribirlo, mengua el orgullo y denota insuficiencia espiritual.

*Un libro, como un viaje, se comienza con inquietud y se termina con melancolía.

*Un libro noble siempre es fruto de desilusión y sig­no de protesta. El poeta no cambia sus visiones por sus versos y el héroe prefiere vivir pasiones y heroísmos, más bien que cantarlos, por más que pudiera hacerlo en tupidas y bravas páginas. Escriben, el que no puede obrar y el que no se satisface con la obra. Cada libro dice expresamente, o entre líneas: ¡nada es como debiera ser!

*Los buenos libros reprueban la vida, sin por ello transigir con el desaliento y la duda. Para comprenderlo, basta leerlos y observar cómo los juzgan los temperamen­tos sanos y fuertes.

*La verdad sólo se expre­sa en tono profético, sólo se percibe en el ambiente trémulo de la catástrofe. Así habla en el verbo esquiliano, así se teje gloriosamente en el diálogo platónico, así es­talla en la opulenta sinfonía moderna.

Alejandro Beteta
  • Edición -
  • Consejo editorial

Oaxaca, 1990. Estudió Humanidades en IIHUABJO. Es editor de la revista Avispero

Fotografía de Alejandro Beteta

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