Migración
08 de noviembre del 2017

Habría sido difícil predecir que la identidad, entendida como un conjunto de signos para determinar una procedencia, terminaría por ser una de las claves para entender el siglo XX. Las expectativas generadas alrededor de la masificación en el uso de la máquina, así como importantes descubrimientos científicos, auguraban un amanecer luminoso a finales del siglo XIX. Nadie habría imaginado los horrores que se avecinaban, no sólo debido a las dos grandes guerras, sino también a lo que se padeció después de 1945. Por lo que hace a la literatura —aunque al mismo tiempo sucedió con otras artes—, la lengua se volvió el único equipaje posible cuando fue necesario huir de un lugar por una amenaza real e inminente.

En el caso específico de Rumanía, el juicio sumario y ejecución inmediata de Nicolae Ceaucescu (1918-1989) y su esposa, no obstante la violación a principios fundamentales en el debido proceso, expresan el hartazgo de un pueblo sometido a las penurias del régimen soviético, además del sofocante control que ejercía la burocracia local. De primera mano, pienso que el caso de Herta Müller (Rumanía 1953) es paradigmático. Los ensayos reunidos en El rey se inclina y mata (2003) ofrecen una panorámica para distinguir en qué momento la lengua y ciertas prácticas culturales se pueden transformar en un elemento de sobrevivencia. Es conocido que la forma específica de la dictadura rumana es uno de sus intereses principales, al igual que la disolución de la individualidad bajo el régimen comunista de Ceaucescu. Es natural que Müller cite a Jorge Semprún para subrayar que bajo las condiciones más adversas, la lengua —y la literatura, en consecuencia— se transforma en un talismán para flotar cuando el peso de la circunstancia resulta sobrehumano.

Son ensayos que poseen el estilo encabalgado y lírico que caracteriza su narrativa; sin embargo es posible extraer de ellos una idea central: la colectividad existe y se configura a través de una lengua, que no es un asunto de segundo orden, a pesar de las fantasmagorías que genera el mercado y sus secuaces. Los textos oscilan entre la crónica, el recuerdo familiar, la narrativa y ese movimiento pendular que confirma el tratamiento libérrimo que da Müller a su escritura. No estamos ante un testamento conceptual sobre la identidad bajo el peso de una dictadura, sino ante una confesión sobre los daños causados a una vida, en este caso, la de la autora. Las ensoñaciones y el recuerdo de una infancia llena de privaciones son leña para generar más escritura. Aun así, Müller no es una idealista de la palabra y revela sus temores: “A veces, lo decisivo es aquello de lo que ya no puede decirse nada, y el impulso de hablar no resulta problemático porque uno no se detiene en ello”.

No es difícil hallar el silencio como respuesta válida a un permanente amanecer, a un horizonte de miseria. De todos los regímenes comunistas, el de Ceaucescu ganó notoriedad debido a sus excesos. El Palacio del Parlamento Rumano es uno de los edificios más costosos edificados en Rumanía, a pesar de las carencias elementales de la población. La adopción de la lengua alemana por parte de Müller la obliga a meditar sobre la identidad; lo que enlaza sus preocupaciones con las de no pocos autores que se vieron obligados al exilio. Los ensayos del volumen dan firmeza a su proyecto literario, al menos respecto a la meditación sobre cómo la lengua alemana le dio cobijo después del desplazamiento.

Las desigualdades se agravan y el siglo XXI experimenta sus primeras convulsiones, lo mismo económicas que de migraciones forzosas. Los migrantes sirios y otros grupos humanos huyen de la hambruna, de la falta de oportunidades y medios para subsistir. La inequitativa distribución de la riqueza obliga a pensar sobre la realidad que ya existe y pronto será el futuro. Cada uno de esos migrantes vivirá, como Müller, un proceso de adaptación cultural y lingüística. El mundo, diverso en sí mismo, se transforma desde la raíz. Los ensayos de Müller son un testimonio —doloroso, abrasivo, múltiple— de los daños que genera el ejercicio del poder público para favorecer intereses individuales. Escribe: “Escurrirse de la propia piel para caer en el vacío es exponerse del todo”.

Aparecen ollas de presión en diversas partes del mundo y no hay manera de contenerlas. Las economías desarrolladas funcionan como magnetos y la Historia confirma que parte de sus riquezas se lograron a través del expolio de naciones más pobres. No hay imperialismo sin una estafa al más pobre. Los foros internacionales generan más preguntas que soluciones a corto plazo y las naciones primeras no dan la espalda a estos problemas (no conviene), pero tampoco articulan una política de movilidad para integrarlos a su economía. El rey se inclina y mata, diría Müller.

Ahora bien, incluso sin cualidades de oráculo, era posible entrever que el desplome de Ceaucescu era inminente y, además, el tránsito sería atribulado no sólo por las consecuencias naturales de la perestroika y las glasnost, sino por el clima encendido de su último discurso el 21 de diciembre, en el cual hubo rechiflas que lo obligaron a guardar silencio y hasta disparos al aire. De poco sirvieron las medidas salariales ofrecidas de último momento a la muchedumbre furibunda. Aquello iniciará lo que se denominó la Revolución rumana de 1989.

Y es que a partir del carisma de los primeros pasos de Ceaucescu al frente de la política rumana, no podría anticiparse que concretaría uno de los regímenes comunistas más intransigentes de la hegemonía roja. Su temperamento, volcánico y a rajatabla, logró mantener su firmeza incluso en contra de las instrucciones directas por parte de los mandatarios de la Unión Soviética; liberalidades que no fueron permitidas más que a él bajo circunstancias que aún están lejos de clarificarse.

Norman Manea (1936) conoció como nadie los entretelones de la dictadura de Ceaucescu, ya que a diferencia de múltiples artistas e intelectuales del siglo XX, creó y publicó parte de su obra literaria en aquella Rumanía, y no fue sino hasta que las condiciones de persecución volvieron imposible su presencia en ese país que decidió partir al exilio. El trayecto de su vida, al igual que el de otros escritores europeos de su generación, se vio afectado por los estragos que generó la Segunda Guerra Mundial —entre ellos, el internamiento en el campo de Transnistria durante su infancia—; lo que motivó en Manea una comprensible aspiración de conocer a fondo los mecanismos de cualquier organización social para evitar otro desastre a causa de la concentración de poder en una sola persona. El culto a la personalidad es uno de los lastres más graves de un régimen político, y parece que no es posible erradicarlo del todo.

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Vista del Valle de México, Daniel Lezama, 2004, óleo sobre lino, 145x240 cm.

La aportación de Manea a la cultura contemporánea está integrada no sólo por su obra narrativa, diseminada en cuentos, novelas y ensayos, sino también por su capacidad para pensar desde y para “la otra Europa”, aquella que sigue a tropezones los motores siempre encendidos de la máquina europea occidental. En cierto momento, cada vez más remoto, la Unión Europea parecía ser la salida más adecuada para intentar una homologación en el desarrollo de la región y del continente, pero casos como los de Grecia mostraron debilidades e ineficiencias, consecuencias del crecimiento dispar de las economías. Aparecen más visibles algunas fallas del sistema, y de crecer podrían ser incluso su sentencia de muerte. En este escenario el pensamiento de Manea resulta imprescindible para vislumbrar, desde la actualidad, la tragedia de la migración legal o ilegal, lo mismo desde África que desde Europa oriental. El ser humano se abrirá paso. Las fronteras ya no son lo que fueron antes.

No encuentro mejor acceso a su obra que sus piezas breves, reunidas en El té de Proust (2010). Veintiséis piezas para recordar, con amarga ironía proustiana, que el pasado de Europa no se ha pensado a fondo y el avance del calendario no puede implicar olvido. La lista de muertos y desaparecidos es extensa y un ejercicio de desmemoria podría afectar a las generaciones futuras. La magdalena proustiana, emblema de la paz burguesa que permite mirar al pasado para una reelaboración esnobista, se revuelve en estas páginas para recordar cómo la organización de los hombres —histórica, siempre provisional— no deja una sola pieza suelta en el tablero y termina por impactar a todos sus actores, incluso a los que no han nacido. Y es que después del trágico siglo XX, ya no se puede escribir con ingenuidad y, menos aún, sin prevenciones ante lo que significa el hecho humano. El regreso del huligan (2005), por su parte, es una reelaboración in extenso de los grandes acontecimientos del siglo XX, en donde la memoria, el exilio y la identidad forman un tríptico de reminiscencias que orbitan alrededor de una idea de retorno. ¿A dónde? A Rumanía, a la memoria, al lugar de origen, a la dispersión de los símbolos.

Las virtudes auténticas de un premio literario consisten en revelarnos a un autor que amerita ser conocido —no obstante que ya cuente con un público, en este caso, minoritario—, antes que insistir en la consumación de un falso renombre a través de estrategias comerciales, o darle firmeza a una trayectoria que acaso nunca debió iniciar. El caso de Manea es otro; y si bien ya podían encontrarse algunos de sus libros, sepultados bajo infinitos aluviones de novedades que vuelan a las guillotinas antes del tiempo estimado, el otorgamiento del premio FIL 2016 a Manea funcionó para colocar su obra al frente de los lectores con la amplitud que le es necesaria. No imagino otro reconocimiento más digno y los lectores del ámbito hispanoamericano sabrán hacer lo propio cuando Manea vuelva con la presencia que merece al sistema circulatorio de nuestra vida editorial. En su discurso de aceptación, el autor rumano dijo: “Mis libros tratan, espero, el enfrentamiento entre la individualidad y la agresión de la Historia, la fe en la belleza, el bien y la verdad de la creación, la estimulante simbiosis entre Atenas y Jerusalén en el pensamiento europeo, la herencia activa de la literatura centroeuropea en la construcción de la modernidad. Son premisas importantes para mi biografía y mi bibliografía”.

Frases
Luis Bugarini
  • Escritores invitados

CDMX, 1978. Narrador, ensayista, poeta y crítico literario. Estudió la Licenciatura en Derecho y parte de la Licenciatura en Lengua y Literatura Hispánicas en la UNAM. Ha sido colaborador en La crónica, Excelsior, Istor, La tempestad, Letras libres y Nexos.

Fotografía de Luis Bugarini

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