Columna Semanal
25 de enero del 2017

Uno de los escritores que escribió con mayor talento acerca de las vidas de seres heroicos y egregios fue Stefan Sweig. Él afirmaba que el poder de las biografías heroicas amplifican el alma, aumentan la fuerza y elevan espiritualmente y son necesarias, desde los días de Plutarco, para todas las generaciones en fase de crecimiento, para toda juventud.

En los últimos 60 años, como civilización hemos destruido y contaminado más nuestro planeta que todas las civilizaciones pasadas. Estamos inmersos en un cambio climático que ya tiene muy preocupados no solamente a los científicos y estudiosos del tema, sino a poblaciones enteras: los ríos enormes como el Amazonas se están secando, crecen los agujeros en la capa de ozono de nuestra atmósfera, los polos se están derritiendo a ritmos cada vez más acelerados, existen islas inmensas de desechos plásticos en medio de los océanos, acaba de nevar en el desierto del Sahara, mueren cientos de especies cada año por la destrucción de su hábitat, las abejas se están extinguiendo por los insecticidas tan potentes que hay, el aire en las ciudades es cada día más tóxico y la sobrepoblación crece pangeométricamente y amenaza con acabar con toda la capacidad vital del planeta... En pocas palabras: heredamos un mundo que parecía un paraíso y estamos convirtiéndolo en una pesadilla sin vida.

Pocas generaciones de seres humanos han vivido una época como la actual, en donde se valora más que nunca la posesión de la riqueza, la autogratificación, la búsqueda del placer y del éxito a como dé lugar. El escepticismo tan feroz en el que estamos inmersos como especie hace que todo, absolutamente todo, tenga un precio, no un valor; como antes.

¿Qué es lo que estamos haciendo mal? ¿Se puede mejorar esta situación? Los modelos civilizatorios han fracasado porque el ser humano moderno ya no tiene ejemplos heroicos que seguir, ya no tiene ideales por los que esforzarse y mucho menos nadie quiere ofrendar su vida por futuras generaciones; pareciera que lo único que cuenta de la vida es gozarla. Ahora se valora más que nunca el “éxito”, los jóvenes tienen como modelos a los futbolistas y actrices y cantantes de moda; el hombre sabio, el héroe que se inmolaba por su pueblo ya no son referencia de nadie. La educación, la transmisión de conocimiento ha quedado relegada a un lugar ínfimo. La violencia, el enojo, el desasosiego, la prisa, la corrupción, son constantes en nuestras vidas cotidianas y nos estamos acostumbrando a ellas.

El ser humano está compuesto por cuerpo, mente y espíritu, y si le negamos esta verdad a nuestra juventud y no la educamos para que persiga ideales “cósmicos”, más allá de la materialidad y del hedonismo exacerbado, estamos creando nuestra propia destrucción como especie. Si la comprensión de la verdad es la forma más elevada de libertad humana y la que nos produce la felicidad que no es efímera, vamos por el camino equivocado.

En una sociedad de deshecho, como la nuestra, en donde el “úsese y tírese” ha contaminado también a las relaciones humanas, hay más divorcios que matrimonios y las familias están inmersas en una dinámica perversa, los padres creen que dándole las mejores cosas a sus hijos los están educando bien. Pues no: el dinero y las cosas materiales no saben amar. Los niños tienen derechos, pero también obligaciones; debemos inculcarles desde pequeños el autocontrol y el altruismo, pues sin estas dos actitudes ante la vida crecerán para ser infelices, nunca alcanzarán todo lo que les tratan de vender los comerciantes ni agotarán los placeres animalísiticos.

Las reglas están ahí y seguirán cumpliéndose matemáticamente aunque las desconozcan los jóvenes: el cuerpo está regido por la mente y la mente está dirigida por el espíritu.... Si solamente actuamos como cuerpos, ¿qué tipo de civilización es la nuestra? Pues la de la pradera, en donde el animal más astuto y más fuerte mata y come a los demás. Por eso seremos recordados como una civilización que acentuó el hedonismo como meta final en la vida Como animalitos.

Stefan Sweig dejó escrito, antes de suicidarse, hace más de 70 años: “Ojalá puedan ver el amanecer después de esta larga noche...”; y aún lo estamos esperando.

Raga Garciarteaga

CDMX, 1955. Estudió Diseño en la UAM y cursó la Licenciatura en Bellas Artes en el Instituto Allende de Guanajuato. Es pintora, ambientalista y promotora de la lectura. Sitio web: dajandras.com


Fotografía de Raga Garciarteaga

Artículos relacionados

Las cosas que no se llevaron
Columna Semanal
Compartiendo lecturas
blog comments powered by Disqus