México
11 de noviembre del 2016

De todas las ciudades edificadas por los españoles en el Nuevo Mundo, México es, indudablemente, la más bella, y Europa podría enorgullecerse de contarla en el número de sus capitales. Gabriel Ferry

En la novela El Indio Costal o El Dragón de la Reina, de Gabriel Ferry, (Calamus, 2006), nos situamos al inicio de la lucha por la Independencia de México de la dominación española. En la Batalla del Puente de Calderón el general Caldelas dispersó con seis mil hombres a unos cien mil insurgentes mal organizados de Hidalgo: eran los primeros relámpagos de una guerra dura, pausada, larga y dolorosa, una singular revolución cuyos primeros generales fueron clérigos que dejaron el altar para ir al campo de batalla, un enérgico mundo en transformación en que de una y otra parte se combatía en nombre de la religión amenazada sin que a pesar de ello hubiese disidencia religiosa alguna.

A casi cincuenta años de haber visto suce- derse la estación de las lluvias a la estación seca, Miguel Costal es un indio zapoteca cuya fisonomía revela una salvaje grandeza. Ha sido durante su juventud, gracias a la doble sagacidad del marino y del indio, cazador de tiburones y pescador de perlas. En el inicio de las aventuras narradas es un tigrero de oficio encargado de destruir a los numerosos jaguares que asolan los rebaños errantes de las extensas tierras oaxaqueñas de su empleador, antes propiedad de sus padres. Aguarda impaciente la emancipa-ción de su raza, el momento en que todos sean considerados iguales en el país inmenso que los vio nacer. Costal espera, de acuerdo con su susceptible dignidad indígena, el renacimiento del esplendor antiguo de sus abuelos. Él, con su concha marina, es el primer clarín del ejército de Morelos y el último descendiente de los caciques de Tehuantepec que reinaron, como señores soberanos, una raza poderosa y civilizada: “los dos mares que bañaban las riberas del istmo de Tehuantepec, eran los únicos límites de sus dominios; millares de guerreros seguían su bandera y se apiñaban tras las plumas de su penacho de guerra. Del océano del norte al océano del sur, les pertenecían los bancos de perlas y las cuevas de oro; el metal que codiciaban los blancos, brillaba en sus armaduras y en las sandalias con que se calzaban: no sabían qué hacer con él, ¡en tanta abundancia lo tenían!”.

Gabriel Ferry (Grenoble, 1809), seudónimo de Luis de Bellemare, hijo del barón Ferry de Bellemare, vino a México a principios de 1825 a atender negocios de su padre, lo que le permitió recorrer a caballo mil cuatrocientos leguas en catorce meses desde la capital hasta California, territorio aún mexicano. Otra novela suya ambientada en México es El cazador nómada, ubicada en Sonora. En Escenas de la vida salvaje en México (sep, 1974), muestra ser narrador fiel de diversos pillos redomados, ya sea esa extraña intimidad de un abogado con asesinos y ladrones, o esa figura, valiente y cobarde a la vez, pacífica y violenta, fanática e incrédula, que siempre toma el desorden por libertad: “el lépero sabe amoldar la pereza y el genio a todas las situaciones de su vida. Pródigo cuando posee unos cuantos duros. Se desayuna con un rayo de sol, fuma un cigarrillo por cena y se duerme tranquilamente sin acordarse del día de mañana”, escribió durante los últimos cinco años de su vida. Conoció y trató a George Sand, a quien le debemos el elogioso prefacio de ésta, su obra principal. Murió en 1852, cuando el gobierno francés lo envió a San Francisco a recoger a los ávidos buscadores de oro y el vapor en que viajaba sufrió un incendio a bordo. Dos botes ensardinados de pasajeros se hundieron. Estoica o neciamente, no quiso abordar un tercero, que eventualmente fue rescatado, contestando a los que le pedían tomar un lugar: “¡Morir por morir, prefiero quedarme aquí!” Acababa de cumplir cuarenta y dos años.

Como novela de aventuras describe las rarezas de diversos destinos arrebatados que impulsan a los hombres a tomar partido en una contienda por una supuesta emancipación política, la perpetua impotencia humana para torcer el curso de la vida y las casualidades, providenciales o no, que son muchas veces decisivas en las batallas. Su parte histórica abarca la campaña militar de Morelos en el sureste mexicano, de la toma del importante puerto de Acapulco o los quince asaltos en cien días de sitio en la polvorienta llanura de Huajuapan, a la intrepidez y arrojo del mariscal Hermenegildo Galeana dando lanzazos y machetazos en las peleas cuerpo a cuerpo, o la similar bravura y resuelta actitud ante el peligro de Valerio Trujano. Su curiosidad fina e inteligente comprensión se advierten en diversos pasajes que son perspectivas cabales de quien los contempla una vez transcurridos y analizados fríamente. Su tendencia a la observación y a la imagen naturalista, unida al exotismo que buscan infatigablemente los viajeros, le hacen describir bellas escenas de la vida salvaje, hermosos climas y paisajes —ópicos de la literatura mexicana— que muy probablemente no volveremos a ver: “Asido al cadáver flotante de un búfalo al que devoraba, uno de los jaguares se dejaba dulcemente arrastrar por la corriente de las aguas. Alargada la cabeza, apuntalado con sus patas delanteras, replegadas las de atrás bajo el vientre y el dorso hinchado en una ondulación potente y flexible a la vez, el animal, rey de los llanos de América, dejaba reverberar a los rayos moribundos del sol, su piel vívida, constelada de manchas negras”. La influencia literaria francesa, “toda vanidad y actividad”, es evidente en El indio Costal, una obra a la par realista y naturalista, costumbrista por momentos, acorde a su época; la viveza de lo relatado parece resistir el curso de su primer siglo de existencia. En Francia conoció sucesivas ediciones lujosas en su adaptación infantil. Bien podría hoy adaptarse como guión televisivo o cómic.

No se trata sólo de señalar una apología de lo valioso en nuestra narrativa indigenista —por nombrarla de algún modo—, que incluye también novelas más o menos ignoradas o poco atendidas, como El callado dolor de los tzotziles de Ramón Rubín (FCE, 1990) o Rescoldo, de Antonio Estrada (JUS, 2012); importan además sus reediciones como un solidario sentimiento de hallazgo en beneficio de los lectores, ciudadanos ante todo. Nuestra civilización indígena sigue siendo orillada a la miseria más despiadada y a mantener su callada humildad de siempre. Estas tres novelas, a su manera, relatan la épica de un mundo abandonado a las penalidades, injusticias y sufrimientos, a pesar de la existencia de la naturaleza pura y perfecta. Y al mismo tiempo son dramas genuinos preocupados por rehabilitar al débil, por tornarle menos oprobiosa la vida. Eso, entre otras cosas, puede ser una función de la literatura.

Frases
Alejandro Guzmán
  • Consejo editorial

Ciudad de México, 1979. Estudió Derecho y Ciencias Sociales en la UABJO.


Fotografía de Alejandro Guzmán

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